NUESTROS ABUELOS

EL HERRERO

El herrero atendía las necesidades de los vecinos relacionadas con el metal de hierro:

  • Clavazón para sus obras
  • Fabricación de algunas herramientas y su afinamiento
  • Cerrajería
  • Repuesto de piezas en algunos aperos de los labradores
  • Ataúdes
  • Cruces para cementerios
  • Menesteres domésticos o colectivos

Su oficina era la fragua. Solía ser una estancia de tierra batida y ennegrecida en la que destacaban el fogón con su fuelle, el yunque, el tablero de herramientas, una media cuba para el agua del temple y los montones de piezas de chatarra en los que el herrero encontraba siempre el elemento que le hacía falta.

Las herramientas imprescindibles eran:

  • Los espetones para hurgar el fuego
  • El macho o mallo
  • Los punzones
  • La llana o estampa
  • Las tenazas plana y de escuadra
  • Los degüellos con mango o sin él para cortar metal o para estirarlo
  • El martillo de bola
  • Las tarjaderas para marcar
  • La almaina

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EL HERRADOR

El hombre debió descubrir muy pronto los inconvenientes de andar descalzo. Las espinas, los guijarros, el agua y el hielo le fueron aconsejando mirar a dónde pisaba y proteger sus pies en determinadas circunstancias.

Esta protección le convino al hombre trasladarla a algunos animales, sobre todo a aquellos que debían mover grandes pesos o ayudar a su dueño en las duras faenas de la agricultura, concretamente a los asnos y caballos y al ganado vacuno. Así nació el herrador, el artesano que hacía los hierros y se los aplicaba a los cascos de las caballerías y al ganado vacuno.

Herrador

El herrador necesitaba un fogón, como el herrero. Sobre el yunque cortaba las platinas de hierro en tamaños adecuados para caballos, mulas, burros y, por supuesto, bueyes y vacas. Últimamente, los clavos de herrar, de una forma peculiar, los recibían de fábrica en barriles de madera. Su herramienta principal era el pujabante o pala de hierro acerado y afilado, los bordes laterales se vuelven hacia arriba y en los ángulos de la extremidad anterior se forma una media caña, la parte posterior se prolonga en un mango de madera. Con el pujabante se cortaba el casco de las bestias, que se perfeccionaba con las tenazas y con las cuchillas.

El ganado caballar se herraba más fácilmente que el vacuno. Con algún ejemplar agresivo se usaba el acial, dos tablillas con dientes de sierra que puestas en el hocico, sobre todo de alguna mula, la mantenía quietecita durante la labor. De vez en cuando soltaba al aire alguna coz, que el herrador sabía esquivar sin soltar la pata del animal.

El ganado vacuno, al no aguantar de pies sólo sobre tres patas, exigía el potro para ser herrado. Aún existe en nuestro pueblo, aunque quizás por muy poco tiempo dado que la fragua amenaza ruina y, en consecuencia, al derrumbarse destruirá a la vez también el potro, único testigo que queda de una actividad de la que cada día se acuerda menos gente.

Fragua

En el herradero había siempre un corro de curiosos que seguían las maniobras del maestro herrador, desde que atusaba al animal para tenerle propicio, hasta que remataba los clavos en la masa callosa de las patas.

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EL CANTERO

Es el artesano de la piedra. El hombre que labraba la piedra con la que se construyeron muchas y admirables casa en nuestro pueblo.

El cantero sabía arrancar la piedra del risco o del suelo; pero donde brillaba su habilidad era en la preparación de los bloques, sillares, en los dinteles, en los arcos con sus dovelas, en las molduras y en los balcones.

Para su recio oficio el cantero disponía de una serie de herramientas, amén de plantillas y dibujos.

El proceso de la labra, comenzaba con la pica para desbastar una de las caras del bloque. Conseguido esto, hay que alabear, convencerse con la escuadra y con la vista de que está perfectamente escuadrada. Marcada la anchura y la largura se ejecutaba en las doce aristas el filete, labor que se hace con el cincel; luego se rebajan las seis caras para lo que se empleaba primero el trinchante (parecido a un hacha de dos filos y dentada) y luego la bujarda (especie de maza cuadrada). En tiempos recientes la bujarda fue sustituida por el cepillo. Con la gradina se rebajaba la parte interior cercana al filete para que el desnivel no fuera tan brusco.

Otras herramientas eran:

  • Las macetas: eran redondas
  • El martillo de cantería: era pica y martillo
  • La uñeta
  • El puntero

Estos artesanos solían ajustarse por la comida y un salario; si las obras de cantería resultaban caras no era por la pereza del maestro, sino por la dureza de la piedra.

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EL CAMPANERO

La campana es un ser inerte, capaz, sin embargo, de hablar con el hombre. La campana tiene voz, una voz alegre o quejumbrosa que desde el alto estado en que vive, el campanario, llama a reuniones alegres de alabanza a Dios o a tristes cortejos de difuntos amigos. La voz de la campana es mucho más humana que la de algunos hombres.

Con las campanas tratan dos clases de hombres: los que las hacen y los que las tocan. Ambos son campaneros.

En Villegas, El campanero era el que las tañía. El oficio de campanero solía coincidir con el de sacristán. Nuestro campanero cumplía perfectamente sus labores de tañer las campanas:

“Alabo al Dios verdadero, llamo al pueblo,
lloro a los difuntos, reúno al clero;
ahuyento a las nubes peligrosas
y a las fiestas doy lustre” …

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VIÑA Y BODEGA

Durante milenios el pan y el vino se elaboraron de una manera invariable.
Al Poniente de Burgos el viñedo aparecía antaño enseguida, y ocupaba grandes extensiones hasta la hendidura del Pisuerga. Todos los pueblos de los antiguos partidos de Castrojeriz y Villadiego ofrecen todavía los cerrillos próximos a las casas horadados por las típicas bodegas.

Las transformaciones sociales y agrarias del ámbito burgalés, a partir de la segunda mitad del siglo XX hicieron que la viña se erradicara de las zona de Villegas. Los cultivadores prefirieron pasarse al cereal, sobre todo a partir de la ordenación de los Excedentes Vino (1953) que primaba el arranque de vides y propugnaba precios muy bajos para los vinos.

Villegas no escapó de esta evolución y las vides se arrancaron para dejar paso al dorado cereal.

Los mayores recordarán cómo se plantaban las cepas y cómo se cerraban las cubas tras la fermentación. Este recuerdo tiene que hacer que se revivan experiencias y momentos llenos de gozo y añoranza.

Se elegía para viña una pieza de tierra suelta y con orientación a mediodía. Se cavaba concienzudamente, hasta una profundidad de 40-60 centímetros; esta labor se llamaba “desfondar” y se realizaba con un azadón de doble pico. No debía quedar raíz de grama ni de otra planta perniciosa.

Cuando la tierra estaba desfondada y se habían hecho las hoyas con relleno de estiércol, se plantaban los “palos”, es decir, la planta de vid. Plantada la viña, había que vigilar su crecimiento y esperar con paciencia cuatro o cinco años a que se dignara producir los primeros frutos.

El año vitivinícola comenzaba en diciembre o al principio del invierno. La primera labor era la poda: limpieza de la cepa de todo sarmiento y de cualquier hijastro que pudiera tener su tronco. Se hacía en invierno, ayudado de la hoz o de la tijera.

El podador conocía su oficio; sabía guardar los “pulgares” y en cada cepa dejaba tres o cuatro cabezas con tres o cuatro yemas. Ültimamente se usaban unas tijeras; pero, antes se manejaba una hoz especial con dos cortes, uno muy afilado para los sarmientos y otro más bronco con el que se cortaban los rebajes o brazos que sobraban y los palos del tronco o casquera.

Los sarmientos eran reunidos en el majuelo en manojos; después, se llevaban a la bodega para que, al fuego de la parrilla, se asaran las chuletillas de cordero.

En los meses de marzo o abril se procedía a la arada. Antiguamente las viñas no se araban, se cavaban, lo que exigía un gran esfuerzo. Un hombre, manejando un pesado azadón, podía remover al día un “obrero” de superficie, es decir el espacio que ocupaban cien cepas. Esto era en la primera vuelta; en la segunda, se le exigía más espacio por el mismo salario; como la tierra estaba menos apelmazada se le exigía dos “obreros”, doscientas cepas con sus “cobijos” bien hechos.

La misión de la primera labor era abrir las vides para que pudieran recoger el agua de primavera. Con el arado dotado de vertederas se actuaba hacia fuera, acercándole al tronco lo más que éste permitía; luego, a mano, se tiraba el cordoncillo, que quedaba entre la hilera de cepas. La segunda vuelta, se daba en los meses de mayo o de junio; su finalidad era la contraria de la anterior: arropar las plantas para que guardaran la humedad recibida, y, para ello, la vertedera se ajustaba al lado contrario.

La atención a las viñas no cesaba durante el verano. En el mes de agosto se solían quitar las hierbas y hacer la escava, que requería quitar la tierra que podía manchar los racimos más cercanos.

Recogida la cosecha de cereales para mediados de septiembre, las viñas cobraban un protagonismo creciente. La vendimia y la elaboración de los vinos eran ahora la preocupación de las gentes; se afilaban los instrumentos de cortar los racimos, se preparaban los cestos y cunachos, se limpiaban los lagares y se lavaban las cubas. Se rezaba a los Santos para que no vinieran las tormentas y se colocaban los bozales a los perros y galgos para que no comieran las uvas y destrozaran los racimos.

Vendimia

No se podía comenzar la vendimia hasta que no autorizara el concejo de acuerdo con el informe de los más expertos. Se pretendían tres fines:

  • Que la uva alcanzase su sazón
  • Que todos los vendimiadores pudieran prepararse para esta labor
  • Que nadie se “equivocase” y vendimiase la viña del vecino; la desconfianza y el miedo guardaban las viñas

El alguacil, de orden del señor alcalde, daba un toque especial de tamboril o de campana; al oír el primero, la gente se ponía en guardia; al segundo, no necesariamente en el mismo día, los vendimiadores se ponían en marcha y la uva ya podía introducirse en Villegas.

Ya tenemos a la gente invadiendo los majuelos. A la vera aguardaban los carros con altos cestos o los mulos que en sus lomos trasladarían lo vendimiado. Cada vendimiador se proveía de un “garullo”, una especie de navaja curva o de hoz pequeñita, para cortar los racimos; se depositaban en el cunacho individual y, una vez lleno, se trasladaban a los cestos; en los cunachos cabían 15 ó 20 kilos de uva y en los cestos hasta 115 kilos = 10 arrobas.

Lagar

Cunachos y cestos eran de mimbres entretejidos; esta obra era preferida por algunas tribus gitanas.

Antes de la acometida, se eligen los mejores racimos para colgarlos en el desván y para que sirvieran como postre en otoño y en Navidades aparecieran resumidos en pasas.

La recogida del fruto repercutía en la alegría de las gentes. Había que estar atentos, las mozas del pueblo sobre todo, para que no las hicieran la broma del “lagarejo”, untar la cara con uvas tintas.

Lo recogido en las viñas lo depositaban en los lagares. Se había cortado todo y mezclado todo: blanco, tinto, podrido, inmaduro, sucio, …, circunstancia que traería graves consecuencias para el vino obtenido. El lagar o jaraíz tenía un descargadero por el que caía la uva, previo su pesado. El pesador en la báscula romana pesaba los cestos y cantaba y apuntaba las cifras resultantes.

Lagar

En los lagares lo que primeramente llamaba la atención era la viga de olmo, apoyada en su extremo en un pilón de piedra recia y en el otro en la pared frontera. La pesada viga descendía o ascendía según se manejara por dos o cuatro hombres.

El lagar comprendía dos estancias. En la primera se pisaba y prensaba la uva y solía llamarse “vaso”; en la otra, estaban la pila y la pililla a las que legaba el mosto a través del canillón. Los suelos y las paredes de los lagares se empedraban o enladrillaban; cuando apareció el cemento, se lucían finalmente con él.

En el “vaso” se arrojaba la uva pesada y varios hombres se entregaban a la alegre tarea de pisarla. Pronto se notaba manar y correr un arroyico de mosto dulzarrón y pegajoso. Zumbaban las avispas y los moscones en el lagar. La “pila” o el “tinanco” recogía el mosto.

El trabajo continuaba en el lagar. Tras la primera o primeras exprimiduras, cuando ya los pies apenas obtenían mosto, se apelaba a la prensa. Rampojo y hollejos se amontonaban cuidadosamente haciendo pie para el “castillo” de tablones, coronado por la “marrana” sobre la que apalancaría la viga.

Cada día se realizaba la operación de “cortar el poyo” o pie de castillo. Esto suponía levantar la viga, desmontar el castillo y dar la vuelta al bloque estrujado. Así, hasta que quedaba exangüe, hasta que de él no manaba ni un hilillo de mosto.

A los últimos residuos sólidos lo llamaban “orujo” o “borujo”. Estos residuos se vendían a las alcoholeras y su producto se repartía entre los socios del lagar, después de pagar los inevitables gastos del lagareo. Si no interesaba entregarlo a la alcoholera se arrojaba al campo, con gran alegría de las palomas a las que encantan las semillas de la vid.

El orujo da nombre al célebre aguardiente con el que nuestros abuelos mataban de mañana el “gusanillo” y que hoy se ha puesto de moda en las mesas más elegantes por su eficaz colaboración a una plácida digestión.

Una vez terminada la elaboración del mosto, debía procederse a su almacenaje en óptimas condiciones de cara al proceso de fermentación. Este proceso se realiza en la BODEGA.

BODEGA es una palabra que en griego posee el sentido de almacén o depósito. En nuestro caso se refiere al lugar donde se cría y guarda el vino.

El vino es una criatura extremadamente delicada. Necesita silencio, sosiego y penumbra. El ruido, el movimiento, la luz y el aire, los malos olores, la trepidación y las tormentas lo enturbian y avinagran.

Las bodegas están situadas fuera de las poblaciones, edificadas en las laderas de las elevaciones más próximas, con orientación Norte. Elegido el punto, los expertos picadores practicaban un “cañón” en línea oblicua y pendiente. En el suelo se marcaba la escalera; el techo se arqueaba con piedra o ladrillo si el terreno no era seguro y compacto. Entre la escalera y el primer escalón quedaba una salita o zaguán utilizada como merendero; en ella siempre hay una mesa con grasa de mil meriendas. La profundidad solía ser de 10/15 metros. Cuando parecía suficiente se excavaban horizontalmente una o más galerías en la que se alineaban las “pipas”, los “cubillos”, los “bocoyes” y las “cubas”. Los cuberos armaban en la misma bodega los recipientes mayores. Un elemento imprescindible era la zarcera, un respiradero que sobresale por encima del cerrillo y por el que circulaba el aire con tanta discreción que apenas alteraba la humedad y la temperatura. Suelen tener un frente de mampostería con una puerta de madera en la que se han practicado diversas aberturas para que penetre el aire y se produzca la oportuna ventilación.

Bodega

En las cubas se deposita el mosto; sin cerrarlas, se espera la fermentación tumultuosa. Vienen días de peligro por el “tufo”, el gas carbónico que desprende el mosto al convertirse en vino (antiguamente cada año se cobraba alguna vida de imprudentes). En sus hervores, el naciente vino se derrama por la boca, empapa los “barrigales” de la cuba y llega hasta los tajones sobre los que apoya; para que la cuba permanezca llena se añade mosto o vino de un cubillo, prevenido para el relleno. Algunos vinateros añaden durante la fermentación “uva madre”, racimos escogidos de tinto para añadir color y brío; otros añaden un hueso de jamón que la fermentación destruye pero que, según ellos, añade un elegante sabor …

El vino recién nacido ganaba fuerza cada día. A finales de noviembre, hacia la fiesta de San Andrés (día 30), alguien da vuelta a la canilla de la cuba y recoge devotamente el primer vino; lo huele, lo vierte en vaso de cristal para apreciar su color y lo bebe despacio y mascándolo para determinar su calidad. Con ese primer trago se cierra el ciclo de la cosecha del vino.

La bodega es también un sitio donde se reúnen las familias, se recibe a los amigos, se toma el fresco en verano y el calor en invierno. Pero sobre todo, se merienda. A la caída de la tarde, las gentes caminan hacia el sector bodeguero del pueblo de Villegas con pan, queso, raspas de bacalao, arenques, chorizo, tortilla o chuletas de lechazo o macaco. Pronto el aire trae y lleva un olor excitante de la carne asada a la brasa de los sarmientos, que a esa hora y en ese lugar, anula a los demás aromas. Se espita el jarrillo en la primera cuba y un traguillo tras otro, tomando algo sólido para que no haga daño el vino. Cuando el relente se posa en las espaldas de los comensales, todos se levantan y, contentos y alegres, vuelven a su hogar.

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EL ADOBERO

Un adobe es una masa de barro, generalmente mezclado con paja, de forma rectangular y secada al aire y al sol. No alcanza la categoría de ladrillo, pues éste tiene una mayor duración y superior categoría pro haber sido cocido en horno de fuego.

El adobero es el que hace adobes.

La adobera es el molde que se utiliza para hacer los adobes. Es también el lugar en el que se hacen los adobes y de donde se obtiene la materia prima.

Adobera

El ayuntamiento autorizaba el aprovechamiento de la adobera; por ello, el adobero, al obtener la materia prima de forma gratuita, cobraba solamente el trabajo. La adobera debía ofrecer una tierra compacta y arcillosa y tener cercano algún manantial o fuente.

El adobero arrancaba la tierra que posteriormente cribaba en una red de mimbre o, posteriormente, de alambre. Así se eliminaban las piedrezuelas, raíces, caracoles secos u cualquier otro elemento que dañase el producto final. A continuación, con un mazo de madera molía la tierra para deshacer los terroncillos, pues la homogeneidad de la masa era imprescindible. Tras estas labores, remojaba el montón y lo cubría con paja, forzosamente trillada, pues la que sólo había sido pisada por el ganado mantenía una largura inconveniente.

Pasadas varias horas, en las que la escasa agua había ocupado la porosidad de la tierra, el adobero acometía la cuidadosa y dura faena de amasar el barro, cosa que solía hacer con los pies desnudos hasta conseguir un batido homogéneo y manejable. Tras amontonarlo con cuidado podía comenzar la fabricación, para lo que necesitaba la adobera; era un instrumento de madera, rectangular y con unas aletas en las dos tablas mayores para poder levantar el molde con las dos manos. Había adoberas dobles, es decir, en las que se podían moldear dos adobes al mismo tiempo. Con rapidez, el adobero esparcía en el suelo un puñado de paja y con ojo exacto cortaba con la pala la masa suficiente para llenar el molde; lo apretaba bien con la talocha o con las manos y con éstas mojadas suavizaba la superficie tras haber retirado la masa sobrante con el rasero. Finalmente, alzaba la adobera y el adobe quedaba en el sitio por espacio de ocho o diez días.

Cada día y con cuidado el adobero lo cambiaba de posición para que el aire y el sol lo fuera secando por todas sus partes. Cuando esto había sucedido, los adobes se apilaban en forma de pared piramidal para favorecer que la posible lluvia resbalara por la superficie sin dañar las piezas.

El secado obligaba a preferir la fabricación de adobes en primavera y otoño; no se recomendaba el invierno por las heladas, ni el verano por el excesivo calor.

El adobe seco solía pesar 8 kilos. En obra había que tener en cuenta su merma natural, que era aproximadamente de un 15 % en la altura.

Un adobero, allá por los años 50, podía hacer unos 300 adobes al día por los que recibía 30 céntimos de peseta por pieza, secos y apilados. Por tanto, podía sacar al día la increíble cantidad, entonces, de 90 pesetas. Lo que no se valoraba era la solina, el deslome general y el reumatismo de pies y de piernas.

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EL TRILLERO

El trillo es un instrumento de madera, provisto de piedras afiladas y de sierras metálicas, que al ser arrastrado sobre la mies en la era, parte las pajas y las separa de los granos. Su antigüedad no parece muy lejana, pero su utilidad ha sido manifiesta.

En Villegas no había trillero, entendido como la persona que hace los trillos.

La hechura de un trillo tenía dos momentos delicados: cuando se hacían los agujeros en los que se incrustaban las piedras y cuando éstas se colocaban. Una vez casadas las tablas se marcaban las hileras con rayas y con un escoplo y un mazo de madera se escopleaba, es decir, se hacían los agujeros ni tan pequeños que las piedras no pudieran encajar ni tan grandes que se desprendieran. Las piedras debían ser de pedernal; los trilleros solían cortarlas con piquetas de acero, dejando siempre un borde afilado para que pudiera cortar la mies. El golpe debía ser certero y fuerte; podemos calcular el esfuerzo continuado si recordamos que en un trillo, por término medio, se incrustaban unas 3.000 piedras.

Trillo

Las tablas se ensamblaban en una prensa y luego se aplicaban los cabezales, tableros transversales que, por lo menos, eran tres, sujetos con clavos de hierro de cabeza ancha. En el cabezal se colocaba un gancho en el que se agarraba la cadena que unía el trillo al yugo del ganado. En el cabezal trasero se aplicaban otros ganchos a los que se sujetaban las tornaderas metálicas, cuya misión era levantar la mies cuando en la última fase de la trilla había quedado apelmazada. Las juntas superiores se cubrían con listones. En la parte inferior se solían incluir sierras metálicas que ayudaban a las piedras en la trituración de la paja.

Hacia los años 1940 un trillo valía entre 150 y 200 pesetas. En los últimos tiempos, ante la invasión de las cosechadoras, un trillo valía 15 veces más.

Pero en la vida del trillero había otra fase interesante. Llegaba a los pueblos en mayo o junio y pregonaba su llegada de reparador de trillos, sobre todo de sus piedras perdidas por una u otra razón. Su equipaje era: un saco de piedras de pedernal, un mazo y un escoplo. El trillero reconocía el trillo viejo y desdentado y ajustaba su reparación con el labrador. Si éste aceptaba, aquél ponía de inmediato manos a la obra, llegando a cambiar incluso alguna de las tablas.

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EL PREGONERO

El pregonero era una figura imprescindible en los tiempos antiguos. Este hombre de recia voz era el encargado de anunciar, avisar e informar de cuanto podía interesar al vecindario o la autoridad deseara dar a conocer rápidamente al mismo.

El pregonero era elegido y autorizado por el concejo. Este señalaba los sitios desde los que debía “echarse” el pregón para que todos se enteraran y limitaba la tarifa del mismo.

Para captar la atención, solía usar una trompetilla o redoble de tamboril. Los pregones encargados por el señor alcalde comenzaban así: “De orden del señor alcalde se hace saber”

También debía servir los intereses de los particulares, sobre todo cuando se acercaban al pueblo diversos comerciantes con ánimo de vender en él sus mercancías. Los vecinos, ante la pérdida de una cosa o el extravío de un ganado, una venta o una subasta, …, podían traspasar su voz al pregonero, mediante el pago de un canon que no solía exceder de un real. En Villegas, esta función la realizaba el alguacil.

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EL MOLINERO

El molino es el resultado de la necesidad que el hombre sintió muy pronto del aprovechamiento integral de los cereales. El de Villegas era hidráulico.

En la construcción y funcionamiento del molino concurrían el albañil, el herrero, el carpintero y el pedrero.

Molinero

Una corriente de agua se almacenaba en una presa. Tras un desnivel de tres a cinco metros, se situaba el molino. Ambos puntos se unían con un cauce por donde corría el agua acumulada aguas arriba en la presa. En la base del molino se construía una bóveda en cuyo fondo de instalaba una rueda de piedra , asentada sobre un eje, preferentemente de hierro para mayor duración. Sobre la rueda se colocaban varias paletas contra las que chocaba el agua que caía por el canal, se instalaba el rodezno, de madera o de hierro, reforzado por los marranos y sortijas y que se coronaba con un gorrete sobre las dos muelas, la cama y la volandera. La volandera tenía una abertura en el centro para recoger el grano que caía de la tolva y ambas muelas, en sus caras convergentes mostraban unas ranuras que empujaban el grano hacia el exterior triturándolo en el camino.

Al precio que cobraba el molinero por su trabajo se le llamaba con la palabra árabe maquila. Este precio se pagaba normalmente en especie. La unidad de molienda era la carga cuyo peso en trigo se situaba en 14 arrobas y 5 cuarteles (175 kilos). La maquila que retenía el molinero representaba 12 libras (5,520 kilos) más 24 cuartos de maravedises, es decir, 6 maravedises (34 maravedises equivalían a un real).

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EL CEREAL

Desde los primeros pobladores de estas tierras, sus vecinos apostaron por la agricultura. No desdeñaron la caza ni tampoco la ganadería. Se apercibieron del admirable complemento mutuo existente entre ganadería y agricultura. De la ganadería tomaría la agricultura las bestias de labor (bueyes, mulas, caballos, asnos) y sus estiércoles. La ganadería recibiría a cambio unos piensos difíciles de encontrar habitualmente en el medio natural: cebada, avena, yeros, paja, …

El pueblo de Villegas está incluido en la zona del “secano” español, en el que se impone el monocultivo, es decir, el predominio en la dedicación y producción de una planta, en nuestro caso el cereal, en sus variedades de cebada y trigo fundamentalmente.

A ello contribuye nuestro espacio geográfico caracterizado por los siguientes factores:

  • El verano es, a la vez, seco y cálido
  • Las lluvias de primavera son irregulares
  • La lluvia, casi siempre escasa, cae muchas veces tormentosamente
  • El agua castiga las pendientes mal defendidas y encharca los valles
  • El agua oportuna representa una enorme riqueza
  • El agua califica a las tierras en dos grupos muy distintos: regadío y secano

La tierra aparece desnuda de árboles, sobre todo después de la concentración parcelaria, y los horizontes son profundos. El cultivo de plantas nuevas como el girasol hacen cambiar las tonalidades del paisaje.
En un puño de trigo o de cebada hay un gesto de orgullo y de esperanza. El gesto nace de la convicción que el labriego alberga de que merced a su cuidado continúa con abundancia la obra de la creación. La tierra es la madre de estos granos; pero el campesino sabe que éstos no alcanzarían su importancia básica en la despensa del hombre, si él no observara y cumpliera un ciclo de trabajo.

Ha habido una verdadera revolución en el proceso de la obtención del cereal, aunque los protagonistas son y serán siempre los mismos: el hombre, la tierra y la simiente.

La labranza de nuestros abuelos era fruto de una experiencia acumulada durante más de dos mil años, idéntica en sus datos generales. Conocieron, por ejemplo, el arado romano; su variante y mejora principal estaba en la reja, de madera endurecida al fuego en la antigua Roma y de hierro como ellos la conocieron.

El sacrificio de nuestros abuelos, su vida llena de privaciones y de necesidades, la alegría pura que traía el levantar las gavillas, el llevar la comida a los segadores, el gobernar los bueyes o las mulas durante la trilla, el encerrar el trigo en el trojero y el asistir al horno mientras se cocía el pan, hacen que nosotros, los que recordamos aquellos tiempos, sintamos nostalgia, ese sentimiento que nos embarga y nos hace sentir un “nudo en la garganta” al recordar los detalles de aquella vida campesina. Los niños que vivimos aquellas costumbres no sanaremos nunca de la melancolía que nos traen estos recuerdos.

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LA ARADA

El grano, nacido de una anterior cosecha, debe ser sembrado, debe morir. La pretensión del hombre labrador es el fruto, la cosecha, y para que un grano se multiplique y se convierta en la espiga en otros veinte, treinta o más granos, el primero debe morir.

La siembra suele comenzar en el otoño y para entonces la tierra debe estar receptiva. La tierra que va a sembrar y que no es tierra nueva, roturada por primera vez, sino que viene ofreciendo cosechas desde siempre, se puede presentar de dos maneras: o en barbecho o en rastrojo.

a) Barbecho:
Es una palabra derivada del latín que quiere decir arar en primavera, cuando no se piensa sembrar enseguida.

Esta finca no se queda olvidada por el labrador de Villegas; la alza, la ara una vez o más para ahuecarla, para oxigenarla, para evitar las malas hierbas y así encontrarla descansada, mullida y generosa en la sementera.

b) Rastrojo:
Antiguamente se denominaba restrojo, palabra derivada del latín re-stipula que significa caña de cereal. Es el residuo de cañas y pajas que queda en la tierra después de segarla. Este residuo siempre es un problema para el labrador por el obstáculo que supone para el arado la masa de paja que se forma.

Existen hoy tres opciones ante este problema:

  • Empacarla con el fin de venderla obteniendo el correspondiente beneficio económico, o almacenarla en el pajar para combustible de la “gloria” o para chamuscar el cerdo una vez muerto en la época de la matanza
  • Picarla para que quede en la tierra, aporte su materia orgánica y ayude a la retención de la humedad
  • Quemarla, con las gravísimas consecuencias que este hecho tiene para la naturaleza y lo negativo que resulta para la capacidad productiva de la tierra

Nuestros abuelos, desde las cuadras y las tenadas transportaban el estiércol que depositaban en montones simétricos en la tierra. El traslado lo hacían en carros o en cuévanos, a lomo de caballerías. A continaución se esparcía con el horcón o con la horca.

Vertedera

Mientras llegaban las lluvias, se preparaba el arado, antiquísimo instrumento, y templaban y aguzaban las rejas y se cambiaba la punta de la ijada para incitar a los bueyes o la tralla si se araba con mulas. Llegado el momento, el labrador con la mano izquierda en la esteva, un ojo en la reja y otro ojo en línea alargada, abría la tierra al paso del ganado, a la misma profundidad y exactamente al lado del surco anterior.

Los bueyes estaban unidos por el yugo. No era fácil ponerlo. Había que saber atar el sobeo, larga cuerda de cuero crudo, y dar la presión suficiente. Las mulas eran uncidas por el pecho con un complicado sistema de colleras.

La rada de los bueyes era lenta, pero profunda. En el ambiente frío de la otoñada, sus orificios nasales eran manantiales de vapor. Las bestias parecían comprender el alcance de su trabajo y mantenían la línea por la que, a voces, les llevaba el arador. Con las mulas era más difícil mantener la geometría.

Braban

Arado el campo, se advertían en él las hileras de tierra, resquebrajada a trechos formando terrones. Había que romper esos terrones, que imposibilitaban la siembra. Había mozos con fuerza que los “destripaban”; eran los “destripaterrones”, sinónimo de hombre bruto y rústico.

Seguía a continuación una o más pasadas de la grada y la tierra quedaba lisa y desmenuzada.

Al atardecer, las yuntas volvían al pueblo con el arado sobre el yugo, mientras la lanza arañaba el suelo. Con el mismo cuidado que por la mañana, pero a la inversa, se desuncía a los bueyes; entraban a la cuadra y se acercaban a su pesebre, siempre el mismo, en el que ya daba su fuerte olor un haz de hierba o paja y su correspondiente ración de pienso.

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LA SIEMBRA

Hoy esta labor está totalmente mecanizada. Antes era distinto. El labrador no tenía opciones de semilla. Lo obligado era hacer tres montones en el trojero: uno para pan si era de trigo, o para pienso si era de cebada o centeno o avena, otro para sembrar y el resto para vender o entregar a cambio de servicios.

La tierra que producía el mejor grano suministraba la siembra futura. A veces, se intercambiaba con algún vecino o se traía de la comarca próxima.

El grano destinado a la siembra se limpiaba de semillas extrañas, sobre todo de la avena loca, del cornezuelo, amapola, etc., pasándola por distintas cribas. Se la protegía contra gorgojos y enfermedades asperjándolo con piedra lipe diluida en agua. Llamaban piedra lipe al sulfato de cobre, que se vendía en forma de piedras azules.

La siembra se efectúa en otoño y a la entrada de la primavera. Nuestros antepasados lo hacían a boleo. Se preparaba una especie de capazo con un costal viejo y, lleno de semilla, se cruzaba en el hombro. La mano izquierda mantenía abierta la boca y con la derecha, el paso firme y el pecho gallardo, se arrojaba el grano. La técnica en el manejo de los dedos índice y pulgar determinaba el éxito de la sembradura.

El promedio que hoy se emplea para sembrar una hectárea de tierra es de 200 kilos; es decir, fanega y media de grano para una fanega de extensión de tierra; de otra manera, 63 kilos para unos 3.000 metros cuadrados de tierra. En algunos lugares una medida pintoresca para precisar la sembradura perfecta: se arrojaba la boina al suelo sembrado; si debajo de ella se contaban entre ocho y doce granos, el sembrador era un cabal conocedor de su oficio.

Los labrantíos son una atracción para los pájaros. La siembra es para los tordos, gorriones, palomas, perdices, …, una tentación. Para evitar su merma y ahorrar las friuras invernizas el labriego cubría las semillas con una pasada de la pareja tirando de la rastra.

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LA ESCARDA

El labrador no se olvida del campo ni de la semilla. Esta preocupación se manifiesta en la costumbre de “pasear a ver los trigos”. El ojo campesino sabe cómo va la nacencia y el desarrollo; si sobra o falta agua, si hay amenaza de plagas u otros peligros.

Uno de los más graves son las malas hierbas. Hay muchas, tantas que su persecución dio lugar a otra faena agrícola: la escarda.

Antaño, era una labor colectiva y alegre. En algunos pueblos se decía sallar al hecho de quitar las malas hierbas. Al escardar o sallar también se escavaba la costra de tierra para que la caña subiera con más libertad y el agua quedara más tiempo retenida.

Se hacía en primavera, cuando el sol había evaporado la escarcha. Se utilizaba la escardilla; era una azadilla en pequeño. Algunos arrancaban las hierbas a mano; para protegerla de espinas y asperezas la cubrían con un guante que, a veces, era un calcetín de lana, de los que la abuela tejía en las tardes de invierno.

Con la mano izquierda revolvían las cañitas del cereal y con la derecha daban un golpecito con la escardilla a la mala raíz, sólo a ella, cuidando de no dañar la planta buena. Bajo la escardilla caían el junquillo, la grana, el aciano, el lechariego, la avena loca o avenazo, el vallico, la amapola, el aceiterillos, el neguillón, la cebadeja, el azotacristos y el zapatito del Niño Jesús y, sobre todo, el cardo en sus numerosas variedades. También la acedera; pero al hacer el montón de la mala hierba fuera de la finca para que se pudriera al sol, se separaba la acedera que luego se comía resultando muy agradable y vitamínica.

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LA SIEGA Y EL ACARREO

La cosecha es una palabra derivada del latín; se deriva del participio del verbo colligere, que significa coger. Los primeros castellanos decían cogecha y luego se cambió a cosecha. Con esta palabra expresamos no sólo una acción: la de coger o recoger, sino que es también un tiempo: el que se emplea en la misma acción.

La cosecha es la llave y la despensa del año. Tras ella, se pagaban las deudas y se percibían y se cobraban los salarios y las igualas. Los mozos de labranza, los pastores, los criados y criadas, todos los que “se ajustaban” cobraban “lo ajustado” por San Miguel (29 de Septiembre). Por eso al Arcángel se le apodaba ” El Pagador”. Algunos anticipaban esa fecha a “nuestra Señora de Septiembre” (día 8). Igualmente, cobraban el médico, el barbero, el maestro, el boticario, el herrero, el pastor, el cura y el sacristán.

El núcleo central de la cosecha era el mes de agosto. Lo normal era comenzar a primeros de julio y no concluir hasta nuestra Señora de Septiembre. Eran 70 días los que requerían las labores que trasladaban los granos de las espigas a los trojeros. La iglesia, consciente de la capital importancia de la recolección, dispensaba durante ella del precepto del descanso dominical. Cada año se leía en la parroquia el documento del señor obispo por el que dispensaba a los fieles del precepto en los domingos y fiestas, excepto las de Santiago, patrón de España (25 de julio), y de la asunción de Nuestra Señora (15 de agosto); igualmente, se autorizaba a los sacerdotes a decir la misa antes del alba para que pudieran asistir los agosteros.

Siega

Se repasaban los útiles para la recogida. Los bueyes o las mulas debían estar bien calzadas; para eso, había en el pueblo un “potro” y un herrador. El carro firme y bien engrasado. Las hoces y dalles afilados; las redes para el acarreo; los vencejos para atar las gavillas a punto; las horcas de dos, tres y más dientes para formar las morenas; las zoquetas para evitar algún segador se rebanara los dedos (en Villegas se usaron muy poco dado que se segaba a dalle normalmente)… Y más, sin contar los elementos de la trilla y de la bielda.

Hasta que una mañana comenzaba la siega. El labrador se calaba la zoqueta en la mano izquierda, protegiendo los dedos meñique, anular y corazón; se calaba el sombrero pajizo hacia el cogote y se doblaba frente al campo de cereal. Y comenzaba uno de los trabajos más duros del calendario campesino; con el sol canicular abrasando la espalda; con el aliento húmedo de la mies en el rostro, el segador abrazaba un puñado de espigas y con la mano derecha descargaba la hoz sobre la parte baja de las cañas. La hoz las rebanaba con chasquido seco. El buen segador sabía acunar en el brazo izquierdo varios puñados, que depositaba con cuidado sobre el rastrojo.
A su lado, los otros segadores imitaban su labor. Las manadas formaban las gavillas. El chico pasaba el barril o la bota. La gente se enderazaba ayudándose con la mano en los riñones. A la llegada del almuerzo, las hoces quedaban clavadas en las gavillas y el grupo se reunía bajo una sombra cercana a almorzar. Luego al tajo, hasta mediodía y la comida, seguida de una siesta debajo del carro. Vuelta a las hoces hasta la merienda. Los chicos y las chicas recorrían el rastrojo para recoger las espigas sueltas. Se ataban las gavillas y se reunían formando morenas. La cabellera de la mies quedaba reducida a unos montones perfectamente protegidos en su colocación para evitar pérdidas en caso de lluvia o de tormenta.

Las mozas albergaban entonces un temor: la de enmorenecer tanto que el rostro perdiera su tersura. Para evitarlo salían a los campos con la cara cubierta con un pañuelo que sólo permitía ver el brillo de los ojos.

En ocasiones, cuando el estado de la mies lo aconsejaba, en vez de la hoz se empleaba el dalle o guadaña que, al golpear con más fuerza y no recoger las espigas, tenía el inconveniente de perder granos.

Segadora

Después de la primera guerra mundial aparecieron por los campos de Burgos las máquinas segadoras “JOLPA” (Melgar de Fernamental . Tiraban de ella los ganados y su mecanismo consistía en mover las cuchillas situadas en la parte delantera de una plataforma; al mismo tiempo, un juego de peines de madera giraba sobre el conductor que sólo tenía una función: al ver llena de mies la plataforma pisaba un mando que hacía bajar a los peines y barrían la mies arrojándola al suelo. Más tarde aparecieron las segadoras-atadoras.

Antes de que la siega concluyera debía estar dispuesta la era. Se había segado y barrido y si las gallinas habían hecho algún destrozo se remediaba con la implantación del oportuno césped.

Para el acarreo se les colocaba a los carros cuatro o seis estacas, algo apuntadas: la intención era ampliar su capacidad colocando más y mejor las gavillas, cuyo peso liviano permitía gran volumen. Al buen acarreador le salía el sol cuando llegada a la finca, para lo cual tenía que haber recorrido un mal camino que en algunos casos suponía dos leguas y más de ida y vuelta.

Al son de las campanas de la iglesia se ponían las carretas en marcha; tenían que ir por los caminos todos en el mismo sentido, debido a que no se podía circular en doble sentido por la estrechez de los mismos.

Levantar las morenas deparaba alguna sorpresa tan tentadora como descubrir una nidada de codornices y tan repelente como hallar un culebrón enredado en las gavillas o una camada de ratones. Para cumplir la labor hacían falta dos personas: uno hincaba la horca en las hoces y los alzaba por encima del carro al que allí los recogía y con cuidado los apilaba, primero en la caja y luego en las volandas. Bien atestado, se sujetaba con cuerdas para evitar corrimientos en los inevitables vaivenes del camino.

De nuevo los chicos y chicos tenían la obligación de recoger las espigas que quedaban atrapadas por las romas o matorrales al paso de los carros por los caminos, hasta llegar a la era.

Al llegar a la era, la operación se repetía a la inversa. Si el acarreo era el primero, la mies se colocaba en el centro, pues se trillaría lo primero; si la trilla ya estaba inaugurada, las gavillas se colocaban a un lado, donde el sol las seguía tostando y donde los chicos construían una cabaña, en la que los mayores guardaban la bota y el botijo, dormían las siesta, y, a veces, alguien se quedaba en vela de noche para evitar que la parva o el grano disminuyera inopinadamente.

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LA TRILLA

De todas las operaciones agosteras, la más sosegada y divertida era la de trillar. El principal encanto de la trilla era el trillo, el instrumento plano en el que nos gustaba montar para cumplir la ilusión de viajar que alberga todo niño.

El trillo (trillo se deriva de triturar) era un instrumento de madera, plano, curvado hacia arriba en su parte delantera. Toda su cara inferior iba cubierta de piedrecitas de sílice, con las aristas bien colocadas para que con el peso y movimiento cortaran las cañas. También se les dotaba de algunas cuchillas metálicas dentadas para facilitar la misma labor de corta. Antes de la recolección aparecían los trilleros por el pueblo con un saco de piedras y unos mazos de madera; reparaban los trillos y reponían las piedras que se les habían caído.

Trillar

En el trillo se colocaba una banqueta, en la que se sentaba el trillador, colocando al lado, si se trabajaba con bueyes, un caldero viejo y una pala, para recoger con seriedad el obsequio antipático del buey. Cuando la pareja se paraba y arqueaba el rabo, nada de pinchar con la ijada; de la pala al caldero y continuar la labor. Al principio se colocaban dos personas en el trillo o algún peso para que dominara mejor la desigual distribución de las gavillas. En este momento el trillo se bamboleaba por la desigualdad de la base pajiza en la que sustentaba y un cierto peligro de caída hacía que se prohibiera que subieran a los niños Luego, en la parte posterior, se le colocaba un par de revolvederas metálicas que removían la parva y facilitaban la corta de todas las cañas.

Trillando

Mientras el ganado proseguía su circular carrera, había que revolver la mies algunas veces, para que ninguna caña se privara del destructor beso del trillo. Esta albor se realizaba con la horca de hasta seis dientes. A cada vuelta, el trillo trituraba las cañas y las espigas haciendo la paja más menuda, y los granos se soltaban de las carcelilla de sus vainas. La última vuelta de la parva se realizaba con unas palas de madera que por su escaso peso y suavidad no maltrataban ningún grano.

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LA BIELDA

La trilla había partido las cañas en paja menuda y había separado los granos de las también rotas espigas. Ahora había que separar el grano de la paja. Eso era la bielda. Esta palabra deriva del latín: ventilare = ventilar.

Las eras estaban sabiamente situadas en zonas en las que acudía el viento, más o menos suave y fresco, a su palique con la hierba de los céspedes. Ese viento era aprovechado mediante una sencilla, aunque pesada operación, realizada con el bieldo o la bielda. La bielda de madera era más grande y preparada para recoger más cantidad de torna o mies extendida en el suelo.

El labrador se orientaba y se colocaba al lado del viento, protegiendo su rostro con un pañuelo para no obstruirse con el polvillo vegetal. E iniciaba un ritmo en el que a impulso de sus brazos la mies era lanzada a lo alto. El viento arrastraba las pajas; pero, el grano, más pesado, caía de inmediato. Una pasada tras otra dibujaba pronto dos montones: uno más grande en el que blanqueaba la paja y otro, a su lado, más pequeño, que relucía por su color era el cereal. Encima del montón dorado se ponía un espantapájaros y por la noche unas mantas ásperas para protegerlo del relente. Durante el día relucía al sol.

Por los mismos tiempos en que apareció la máquina de segar, también se hizo presente la máquina beldadora; una manivela movida por el brazo del hombre hacía mover la rueda de paletas que generaba corriente de aire y las cribas de diverso calibre que seleccionaban el grano.

Un campesino movía la manivela a buen ritmo y otro con la bielda cebaba con parva la tolva. La carga caía bajo la acción del aire que empujaba la paja hacia el exterior y cribaba los granos separándolos de las granzas. A la boca de un vertedero se colocaba un costal que recogía el trigo limpio. Las granzas, heterogéneo conjunto de piedrezuelas, semillas diversas, pajas más pesadas, cozuelos, etc., solían reservarse para las gallinas. Era un trabajo duro que se alivió en los años cincuenta cuando empezó tímidamente la electrificación del campo. Vinieron entonces motores eléctricos que se acoplaban a las elementales máquinas y ahorraba el mareante y sudoroso esfuerzo de la manivela.

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EL GRANO EN EL TROJERO

En cada casa era una fiesta el día en que se medía y se encerraba en trigo. Se preparaban los costales y la media fanega con el rasero.

Fanega es una palabra árabe que tuvo implantación total en la agricultura castellana, hasta la imposición del sistema métrico decimal. La fanega era una medida de superficie y de capacidad. Nunca una fanega de cereal en superficie era igual a otra; la razón era que la densidad del grano quedaba a la merced del sembrador. En teoría, la fanega de superficie tiene 64 áreas (6.400 metros cuadrados); pero en la práctica, los labriegos con más sentido calculan tres fanegas por hectárea (3.333 metros cuadrados).
La fanega como medida de capacidad, a la cual concedían 55,5 decímetros cúbicos, no existía como instrumento. Para medir se empleaba siempre la media fanega, un reciente de madera con asa y travesaño interior, bien guarnecido, en forma rectangular con un lado cortado en diagonal para verter mejor la simiente.

Fanega

Las autoridades y los compradores podían verificar el contraste de su capacidad. Tras llenarla del todo, se pasaba el rasero, un listón de madera que encajaba en los bordes exteriores, y que igualaba la carga por toda la superficie. En el uso diario se manejaban la hemina, el celemín, el medio celemín y el almud.

Los sacos o costales de trigo se cargaban con un o dos fanegas (42,5 kgs o 85 kgs), lo que era un peso noble pero no liviano y que los mozos trasladaban a hombro desde la entrada de la casa hasta el trojero.

A continuación, se procedía a la recogida de la paja. Esta era una labor más lenta. En el carro se colocaban los estelos o palos cubiertos con cuerdas primero y, más tarde, con redes para facilitar su transporte Resultaba un elemento imprescindible en la sociedad que tocó vivir a nuestros abuelos.

En primer lugar servía para las “glorias”, que tanto aliviaban los fríos invernales. Cada mañana se atacaba el horno de la “gloria”, en primer lugar con paja de cebada, lentamente, sin prisa, hasta que el tiro era seguro; a continuación se añadía algún tronco para que ya no hubiera necesidad de preocuparse hasta el día siguiente. Aún hoy se sigue haciendo esta labor en muchas casa de Villegas.

Trigo

El ganado era el principal beneficiario de la paja. La trillada y bien pisada se mezclaba con los piensos de cebada o de otros granos. Las camas del ganado consumían una gran cantidad de paja que, al mezclarse con las deyecciones de los animales, se convertía en abono útil para reponer las energías de las tierras.

Una pequeña parte de esa paja recogida se reservaba para la “chamusquina” del cerdo, el día de la matanza.

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EL DESTINO DEL TRIGO Y LA CEBADA

El trigo:
El trigo debía cumplir dos misiones fundamentales:

  • Abastecer de pan a la familia
  • Reproducir la siguiente cosecha

Antes de convertirse en pan, el trigo debía hacerse harina. Debía ser triturado, molido. Esto se hacía en el molino.

Nuestros antepasados celtíberos y romanos usaron el molino formado por dos piedras manuales, que hoy únicamente podemos contemplar en los museos.

Los molinos hidráulicos, movidos por la fuerza del agua, de una, dos o más ruedas de piedra han llegado hasta nuestra generación y los mayores de hoy hemos podido contemplar el funcionamiento de estos nostálgicos artilugios: llenar la tolva, poner el costal blanco para recoger la harina junto con el salvado, …

Una vez molido el grano, en casa, se separaba la harina del salvado y la tercerilla.

Los salvados se destinaban con preferencia a un honrado y agradecido animal: el cerdo. El cerdo convivía un año, a veces dos, con la familia en un hueco, en su “cubil” o “cortijo”. Allí, a oscuras, el animal vegetaba y engordaba, cebado por las patatas cocidas, mezcladas con salvado, hojas de olmo, harina de cebada y desperdicios. Al cerdo sólo se le exigía engordar. Su destino era ser sacrificado el día de la matanza: los incitantes chorizos, las suculentas morcillas, los crujientes torreznos, las orzas de lomo, chorizo y manteca y los exquisitos jamones serían el premio de esa alimentación natural.

El destino de la harina era reponer el pan. Había que cocer el pan. En Villegas había un horno de propiedad comunal. Era un edificio modesto, ennegrecido por dentro y por fuera; en su interior, el horno propiamente dicho y un espacio apropiado para manejar las palas y las tocas. Elemento imprescindible para hacer el pan era recoger la levadura; todas las vecinas reservaban la cantidad suficiente para la siguiente hornada. El trabajo comenzaba en la artesa, una caja rectangular con dos amplias orejas a los alados. Sobre ella se colocaban las varillas de cerner; se extraía la harina de la talega y se depositaba en dos finos cedazos, y en un vaivén rítmico sobre las varillas, la harina caía en la artesa libre del salvado y otras impurezas; éstos se depositaban en un saco aparte para el destino que ya hemos comentado.

Cuando el ama de casa estimaba que tenía suficiente cantidad de harina en la artesa, comenzaba a amasar con paciencia la harina con agua caliente y la levadura. Cortaba la masa, formaba las hogazas y las colocaba en arneros (alfombras circulares de esparto y juncos) y se cubrían con un paño llamado masera, para que la masa “subiera”, es decir, al fermentar la levadura, la masa se esponja y, de esta forma, el pan será esponjoso y blando. También se hacían el “hornazo” (hogaza en la que se introducían huevos, chorizo, panceta, tocino y otras viandas), las tortas con sus “jeregitos”, manteca y azúcar y las patatas asadas.

El horno debía calentarse con leña menuda, aulagas (hilagas era el nombre más común) y leña más fuerte. Una vez alcanzada la temperatura interior deseada, se limpiaba el suelo del horno se llevaba el hurgonero, las palas y las tocas; éstas eran unos palos largos de madera con unos trapos en la punta que se empapaban en agua y con ellos se limpiaba el suelo del horno del hollín o de las pucias que hubieran pasado del fogón por la barbera.

Las palas eran de madera, con un largo mango; servían para colocar los panes e introducirlos sobre las losas del horno.

Pasado el tiempo, con las mismas palas, se podían sacar las tortas en primer lugar. Luego, llegaba el turno a las hogazas y al hornazo.

A continuación, el horno se apagaba y limpiaba; se recogían los utensilios; se apagaba el candil y a casita. Hasta dentro de quince días, aproximadamente. Para conservar las hogazas, éstas se introducían en las arcas de trigo.

De esta manera habíamos cerrado, sin darnos plena cuenta de ello, el ciclo admirable que abriera el sembrador en el otoño en la sementera. El trigo se había hecho pan, tras pasar por las manos del sembrador y del segador, del trillador y del beldador, del pesador y del molinero, de la amasadora y del hornero. Ahora no veíamos el trigo, pero palpábamos su generosidad en las hogazas esponjosas. Estas hogazas evitaban la tristeza de las familias sin pan y alejaban el espectro de la hambruna.

El viento se llevó tanta hermosura; aquel sistema de vida ten directo ha sido suplantado por otros sistemas en los que el hombre ha visto aumentar las cosas, pero alejado de ellas. Ya no hay ni eras, ni trillos, ni trojeros, ni artesas, ni hornos comunales. Hoy harinas lejanas, en máquinas frías, sin manos de mujer, se preparan piezas mecánicas de pan que unas cintas transportadoras colocan en hornos sin leña, sin humo, sin cenizas. El hombre que maneja este proceso automático no sabe quién comerá su pan. La barra o el panete no llevan el cariño y la valoración de la madre cuando amasaba y formaba las hogazas y las colocaba y cubría en el arnero o junto a la artesa con el mimo, el cariño y el calor que ella y sólo ella sabe poner.

El trigo también se utiliza para la fabricación de pastas alimenticias, artículos de pastelería y elaboración de galletas, buñuelos y churros, además de los miles de toneladas que se destinan a la fabricación de piensos para animales.

La cebada:
Blanca y generosa compañera del trigo. Con él se alterna en las parcelas. En determinadas épocas ha suplido al trigo en la alimentación del hombre.

Su destino fundamental es ser triturada para servir de pienso para la cría y ceba de animales porcino y vacuno y para engorde de aves de granja y puesta para el matadero.

Otra de las finalidades a las que se destina la cebada de Villegas es la elaboración de cerveza. La fábrica de “San Miguel” produce una cerveza selecta, resultado de un cuidado proceso de elaboración.

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EL PRECIO DEL CEREAL

El Boletín Oficial del Estado del 23 de Junio de 1955 fija los siguientes precios:

  • Precio del trigo a efectos de pago de rentas de arrendamientos rústicos: 205 pesetas el quintal métrico
  • Precio del trigo para el agricultor en la Comarcal:
  • Tipo quinto, trigos bastos, rojos o blancos: 377 pesetas el quintal métrico
  • Tipo cuarto, trigos semibastos, rojo o blanco: 406 pesetas el quintal
  • Tipo tercero, trigo candeal corriente: 417 pesetas el quintal
  • Tipo segundo, trigos duros, finos y similares: 417 pesetas el quintal
  • Tipo primero, trigo candeal fino, Aragón: 425 pesetas el quintal
  • Reservas:
    • Para el agricultor y obreros fijos: 250 kilos
    • Para los familiares y servidumbre doméstica: 150 kilos
    • Bonificaciones por depósito y conservación de trigo:
      • Dos pesetas en Noviembre, por quintal
      • Doce pesetas en Abril, por quintal
  • Precios de otros cereales y leguminosas:
    • Cebada en Valladolid: 230 pesetas el quintal
    • Avena en Sevilla: 190 pesetas el quintal
    • Garbanzos blancos de 55 a 65 granos onza: 460 pesetas el quintal
    • Judías: 520 pesetas el quintal
    • Lentejas: 380 pesetas el quintal
    • Algarrobas: 180 pesetas el quintal
    • Yeros en Burgos: 170 pesetas el quintal

La cebada, avena y leguminosas quedan libres de comercio y venta. Por el contrario, el TRIGO ha de ser entregado en su totalidad, fuera de las reservas legales, al Servicio Nacional del Trigo, y se declara que los productores de trigo se consideran, en todo momento, como DEPOSITARIOS de sus cosechas vendibles hasta la realización de su entrega total al Servicio Nacional del Trigo, respondiendo ante dicho Organismo de su conservación, tanto en cantidad como en calidad.

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LA CHURRA Y EL PASTOR

EL PASTOR

Todos hemos visto al pastor, y lo podemos ver aún, en el perfil del horizonte de Villegas; en invierno, abrigado por una manta, y en verano moreno de sol y de polvo; y siempre, con el zurrón terciado, la cachava o cayado y el transistor, caminando siempre delante de las ovejas, nunca empujándolas; ellas le siguen.

Ya sólo queda un pastor en Villegas. Hubo varios en tiempos de nuestros abuelos. Ellos son quienes han hecho posible la convivencia del hombre y de la oveja; son los verdaderos protagonistas de muchos sacrificios y servicios. Ellos conocen el lenguaje y la voz de sus ovejas y recogen sus mensajes para nosotros; no sólo nos traen sus vellones y trasladan en brazos y con cariño los corderillos recién nacidos, seguidos de sus madres solícitas, al aprisco; ellos nos traen los balidos de las ovejas y las cabriolas de los corderos, las peleas testarudas de los carneros y la mansedumbre de todos los ojos del rebaño.

Los buenos pastores están habituados a la soledad, al silencio y a la observación reflexiva. No les asusta el campo abierto y plano; saben de dónde vendrán el viento y la lluvia; si el sol será implacable o bondadoso. Saben que no pierden mucho por hablar poco con los hombres; pero entienden los mensajes de las pájaros, de los insectos y de los árboles; conocen las costumbres de las liebres y de los zorros; saben cuándo maduran las endrinas y las moras; recogen las primeras setas y son espectadores únicos del combate entre el lagarto y la culebra.

Siempre hablan mirando a su rebaño. Su lenguaje es cortado y muy enriquecido en sus vocablos y giros. El transistor les proporciona la información y saben las noticias y sus comentarios.

El oficio de pastor es el más antiguo del mundo después del de alfarero. No es fácil este oficio; para ser pastor hay que sentir un llamamiento y poseer una aptitud. Un sentimiento de acercamiento al animal no sólo por el beneficio que proporciona, sino por él mismo, actuando compasivamente hacia un ser inferior.

Se necesita una aptitud para el conocimiento y memoria de cada res, para estímulo de su cuidado y como remedio de sus males. Se requiere un hábito de soledad y una resistencia a la intemperie, ecuánime entre los hielos y los soles.

Los pastores del pueblo de Villegas solían ser asalariados; el pastor actual de Villegas, también lo es.

Entre varios vecinos, ajustaban a un pastor, el cuál podría incluir en el rebaño sus propias ovejas. El ajuste podía hacerse de varias maneras: a jornal y a zurrón. En el primer caso se pactaba una cantidad anual en metálico o en especie que el pastor recibía por San Juan o por San Miguel; en el segundo, la cantidad era menor, pero el ama de casa entregaba cada día al pastor el zurrón con una ración consistente en pan, vino, tocino, cecina y otros alimentos familiares. Cuando el rebaño era de un sólo propietario, el cuál no ejercía de pastor, su asalariado solía vivir en la casa como un criado más.

El salario de los pastores nunca ha sido alto; pero no más bajo que el de los segadores, labradores y leñadores.

En la publicación “El Agricultor Burgalés” número 222 de fecha Junio de 1953 se señala que la generalidad de los contratos de pastores, sean de ganado lanar o de dulas concejiles, se hacen por años completos; unos de San Pedro a San Pedro, y otros de 1 de Enero a 31 de Diciembre. Las empresas que deseen dar por terminado su contrato con el pastor, deben requerirles con 15 días de anticipación, antes del 15 de Junio, si puede ser a presencia del Delegado Local Sindical o por citación judicial o ante testigos. Al liquidar la cuenta con el pastor se debe hacer constar en un recibo que se le ha pagado la soldada contratada, que ha percibido lo que le corresponda por las pagas extraordinarias de 18 de Julio y Navidad y que ha disfrutado de la semana de vacaciones y no tiene nada que reclamar al patrono. Ha de cursarse baja en el Seguro de Enfermedad. Si se les da casa habitación `por razón del servicio que van a prestar, se debe hacer constar esta entrega de la vivienda por escrito, en que se dirá que se entrega la casa por razón de servicio, que no paga renta y que la dejará a disposición del patrono a la terminación del contrato, firmando el patrono y el pastor.

EL PERRO

Las ovejas necesitan asistencia continua, de sol a sol, en fiestas y domingos. El pastor es un hombre compenetrado con su ganado. Va delante de su rebaño para llevarlo a las rastrojeras y barbechos. Junto a él, sentado a sus pies con la cabeza levantada, se encuentra siempre su perro, el servidor más leal y menos quejumbroso del pastor. Sin el perro sería casi imposible gobernar y conducir un rebaño. Mucho puede la voz del pastor, pero con frecuencia el viento la desvirtúa y tuerce; mucho puede el cayado, pero la oveja díscola puede estar lejos. El perro mira, oye, advierte y va y viene interpretando con exactitud las órdenes e intenciones de su amo.

Son perros de una gran inteligencia práctica que en un instante recogen en círculo a las ovejas, las detienen o las llevan al punto deseado.

Estos perros son educados por el propio pastor. No suelen ser de alzada llamativa o de fuerzas singulares.

No sabemos desde cuándo o por qué razones las ovejas obedecen a los perros y por qué éstos se agrandan ante ellas. Rarísima vez se subleva y se encara una oveja ante un perro por chiquitajo y descastado que sea. Quizá sí la madre recién parida; quizá el carnero más testarudo del hatajo, pero no más.

El perro tiene una doble misión junto al rebaño. No sólo vigilar su conducta, sacarlo de los sembrados y enderezar su rumbo. El perro tiene el instinto y obligación de defender a las ovejas. Esto sucedía antaño más que hogaño. Antes el lobo, un primo hermano del perro, animal insobornable y soberbio, era un peligro constante en toda tierra de ovejas. Lobo y oveja no sólo son una simbiosis de contradicción, es una realidad permanentemente en peligro. Hoy el lobo, a pesar de la protección legal, vive retirado en zonas que los pastores tratan de evitar. Pero aún hoy, podemos ver en televisión escenas de ataques descontrolados a los rebaños, con la consiguiente pérdida de ovejas degolladas, o, éstas señaladas con las marcas de sus afiladas garras y dientes. Un lobo puede alejarse en una noche de su madriguera, viajar 50 kilómetros y volver de madrugada con el morro ensangrentado por ovejas degolladas o heridas.

LA OVEJA CHURRA

La oveja churra pertenece al tronco español “Ovis Aries Celticus”. No sabemos por qué se la llama “churra”.

Es un animal de tamaño medio y proporciones alargadas; la cabeza ligeramente subconvexa; puede tener cuernos, sea macho o hembra. Su color es blanco, pero su característica más singular es la coloración negra de las puntas de las orejas, del cerco de los ojos, del hocico, de algunas partes traseras y de las pezuñas. A veces puede haber en el rebaño alguna oveja negra.

Otra característica de este ganado es su ubre, más desarrollada que en otras razas, con un pezón en cada una de los partes, de ordeño cómodo. La lana es basta, lisa y su vellón cubre el tronco y el cuello del animal. Puede pesar hasta cinco kilos en los carneros al momento de esquilarlos; se emplea para colchones, labores domésticas e incluso se exporta.

Churra

Pero la principal referencia de este animal, aparte de su condición mansa y gregaria, es su adaptabilidad al terreno sobre el que vive. Soporta las condiciones extremosas del verano y del invierno y adapta su dieta a lo que ofrece el campo en cada temporada: los pastos de primavera y otoño en los terrenos baldíos y comunales, las rastrojeras en verano y los barbechos en todo el tiempo.

La oveja churra es un animal estante y campesino. El labrador la tiene siempre junto a sí: aprovecha cada día su leche y abono; en cada temporada su cría y su lana. Por algo se decía: “Labrador, antes sin orejas , que sin ovejas”.

Villegas ha sido una tierra de cereal y viñas. El pan de cada día se ha obtenido -y se sigue obteniendo- a través de las sementeras, de los agostos de los molinos maquileros y de los hornos familiares.

Las viñas han ido cediendo terreno al campo de cereal. En menos de dos décadas han desaparecido costumbres, palabras y sistemas; se vació el campo de una parte muy elevada de sus pobladores; se implantaron procedimientos más productivos, y las viñas fueron arrancadas de sus majuelos para dar paso a la riqueza cerealista. La vid ha desaparecido de los majuelos de Villegas para refugiarse en la Ribera del Duero.

“Con pan y vino se anda el camino”. Pero, en Villegas, junto a la hogaza y la jarra de vino, hay otro compañero inseparable y generoso, también fundamento de su economía: la oveja churra.

La oveja churra “es la que más da”, es decir, la que devuelve aumentado es más y mejor el esfuerzo y el dinero que le dedica el hombre, su verdadero explotador. Dos productos proporciona la churra que son incomparables en el mundo ovino: la leche y el cordero.

Todos hemos visto mamar a los corderillos; los hemos oído balar insistente y dulcemente requiriendo a sus madres que volvían a la tenada tras la salida con el rebaño; con qué habilidad y presteza se juntaban madre e hijo y cómo éste se arrodillaba para chupar con más comodidad la ubre de la sosegada madre; hemos visto cómo se cimbreaba de gusto el rabo del ávido mamoncete.

Pero tal dicha le suele durar poco; antes de cumplir el primer mes de vida, al corderillo le aguarda un destino cruel derivado de la delicadeza de su carne: se le comercializa con el sello de lechazo, lo que significa la cuchilla del carnicero y el horno de asar. Aquellos ejemplares que por sus apariencias corporales parecen mejor dispuestos para renovar el rebaño siguen en compañía de sus madres hasta cumplir el tercer mes, cuando ya alternan mamadas con los alimentos preparados y campestres.

LA LECHE

Al ganadero le interesa reservar la leche obtenida mediante el ordeño, operación que se realiza dos veces al día, cada doce horas, a mano o por medios mecánicos. Si se hace a mano, hay que tener especial habilidad para sujetar la oveja, sobre todo las ariscas, y ordeñarla. Cada oveja entrega a su dueño un promedio de 104 litros de leche al año, en un censo de 130 – 140 días de ordeño anuales.

La producción lechera de las churras viene regulada normalmente por la naturaleza particular de cada anima, la herencia, la alimentación, el número de crías paridas -a más crías más leche, pues los estímulos son mayores- y la edad de la oveja -las más generosas son las de tres o cuatro años: las primalas no tienen la misma capacidad.

EL QUESO

¿Qué se hace con esta leche? La respuesta es: hacer queso.

Se consume una muy pequeña parte de la leche ordeñada a las ovejas. Los actuales paladares no se complacen como los de antaño con la leche de oveja. “Es muy fuerte”, dicen. Y, en efecto, lo es, según nos afirma el siguiente cuadro de sus componentes:

COMPONENTES GRAMOS POR LITRO
Agua 805
Extracto seco 170
Materia grasa 65
Materia proteica54
Caseína 43
Albúmina -
Globulina 2
Sales minerales 10

En efecto, para poder consumir un vaso de leche de oveja y no sentir la repugnancia de lo desacostumbrado, es imprescindible rebajarla con mucho café. Nuestros gustos prefieren la leche de vaca y más cuando favorece la nutrición sin perjudicar nuestras apariencias, merced a los modernos procesos de supresión de los “michelines”.

A los propietarios de ovejas les gusta preparar sus propios quesos con la leche conseguida.

Su fabricación actual sigue el mismo procedimiento artesano que descubrió el primer fabricante de quesos hace miles de años:

Primeramente se templa la leche hasta la temperatura que tenía al ser ordeñada (37 grados); luego se le añade el cuajo que se había guardado cuando se sacrificó el último corderito lechal. El estómago de las crías genera un fermento que cuaja la leche mamada; ese fermento conserva su eficacia.

Cuando la leche se convierte en cuajada se prepara la ancella, que es un recipiente de barro o metálico con agujeros y en algunas partes de mimbres, para que el suero que suelta lacuajada pueda escurrirse. La ancella se prepara por dentro con una gasa, cuyas puntas se dejan hacia arriba. Rellenada de cuajada, la ancella se coloca en el banco de los quesos, que solía tener tres patas; en la tabla superior se había ahondado una pileta y un canalico con cierta inclinación; servía para que el suero corriera y no encharcara la base de la ancella.

Quesos

A partir de las doce horas, ya se puede sacar con cuidado del recipiente la masa redondeada en su cuerpo y chata en las partes alta y baja; en todo caso, se la rectifica la forma y se la aplica una venda para mayor seguridad.

El salado se opera sumergiendo el queso en una muera de sal gorda durante 24 horas. Luego se lava y empieza la fase del oreo que, con las leches empleadas directamente del ordeño no pasteurizadas, debe durar por lo menos 40 días para evitar el peligro de las terribles fiebres maltas.

Toda esta operación parece muy fácil; la experiencia prueba que no lo es tanto. El ama debe tener en cuenta algunas cosas: pasto comido por la oveja, atención a algunos otros detalles de la leche y del cuajo, …, porque los quesos no siempre resultan iguales en su calidad.

El resto de la leche ordeñada se comercializa. La recogen las cooperativas o empresas elaboradoras de productos lácteos: queso fresco o curado o cuajadas. Cada día nos cruzamos en las carreteras comarcales con camiones cisternas que trasladan a las fábricas la leche ordeñada.

EL LECHAZO

Otro producto, delicado y cotizado de nuestras ovejas churras es el cordero lechal o lechazo. Sus excelencias gastronómicas se derivan de las cualidades de la oveja churra y de los pastizales sobre los que ella se alimenta con paciencia y humildad.

La estimación y valor crecientes del cordero hacen que los ganaderos estén muy atentos al tema. Interesa que la oveja tenga tres partos en dos años y que los partos sean múltiples. Las técnicas selectivas y de inseminación artificial están provocando partos dobles (30 %) y triples (1 %). Ello acorta la vida de la oveja y los días de lactación, pero se sabe que el hombre busca ante todo su propio interés.

La venta de corderillos en el destete mensual es un bonito y obligado negocio. El lechazo sólo se ha alimentado de la leche materna y su carne alcanza su punto mejor de suavidad, aroma y color con las proporciones adecuadas de caída, miembros, hueso y grasa. El corderillo pesa al nacer 3,36 kilos, pero vive con tanta ilusión su breve tiempo que al mesa pesa ya 9 kilos.

No es económico ni gastronómico mantener el cordero destetado para sacrificarlo tardíamente: la proporción de grasa sube al 19,5 % a los 15 kilos y al 24 % a los 18 kilos. Por otra parte, si los lechazos aumentan al día 206 gramos, los corderos mayores lo hacen en proporción decreciente.

LA LANA Y LA PIEL

Productos terminales de la oveja churra son la lana y la piel. Su lana es basta, y la convierte en tercerona de las merinas. Antiguamente las labraban quienes no disponían de otras mejores; su mejor aplicación es para la industria de tapices y alfombras y para relleno de colchones. Su precio se presenta verticalmente decaído: el kilo de lana que en 1989 se pagó a 164 pts., un año más tarde valía sólo 86 pts.; el esquilador cobra más por su labor en cada oveja.

Esquile

La piel de nuestra oveja tiene destinos tan variados como la encuadernación, zapatería, guantería e, incluso, peletería. Por eso, interesa que quienes manejan el ganado, desde el pastor al matarife, sepan atender al cuidado de las reses para evitar estropicios que, por mínimos que parezcan, desvalorizan la mercancía. Las pieles de los lechazos siguen en gran parte el camino de la exportación.

Esquiladores

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LA CANTINA

Su misión primordial era abastecer a la localidad de vino y de otros productos.

Era una sala más o menos amplia e higiénica, oscura, con olor de tinto y de tabaco picado, con ecos de tacos, voces del mus y del subastado, con porrones y vasos de vidrio rústico, con manchas de asadurilla y esquenas de arenque.

Arrancar a un hombre de la taberna un domingo por la tarde para que fuera a echar de comer a los bueyes, a ordeñar a las ovejas, o a las vísperas parroquiales era privarle de hablar y de escuchar, de echar un órdago o gritar un envido y, sobre todo, de impedirle ganar el porrón de la merienda al majo de turno. A la taberna se iba a echar un “cinco” o un “diez”, cuando el vaso de vino valía cinco o diez céntimos, un porroncillo o un porrón, y con ese motivo se comentaban una vez más los limitadísimos incidentes de la vida lugareña.

La taberna era un lugar de hombres. Baltasar de Alcázar retrataba hace cinco siglos al asiduo visitante de esta manera:

“Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.
porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bébolo,
págolo y voyme contento” …

Estas viejas cantinas o tabernas se han convertido en bares, oficinas despersonalizadas, abiertas para hombres y mujeres, en las que se descubren botellas de güisqui y vinos embotellados sin garantía de paternidad ni de pureza. Pero, a pesar de todo, siguen siendo lugares de reunión imprescindibles. Buena experiencia de ello tienen los hombres en los días laborables en que el bar permanece cerrado; las mujeres, con buen criterio, tienen su lugar de reunión para jugar la partida a la brisca. Han cambiado las “tornas”: los hombres en casa, y las mujeres divirtiéndose con su partida diaria, tras las clases correspondientes de una hora; clases de Educación para la Salud, clases culturales y clases de canto parroquial.

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EL CARRETERO

Carretero es una palabra derivada de carro. Pero el carretero no sólo construía carros, sino también el resto de los aperos de labranza en los que la madera era el elemento fundamental: yugos, horcas, rastras, arados, … El carretero necesitaba un espacio amplio para su instalación, además de un corral o una campa para el turno de los carros y la guarda y secado de las maderas. La madera preferida era la del olmo y también la de la encina y pino. Estas maderas las trabajaba el carretero en su banco. Las herramientas más usuales eran:

  • Los tronzadores
  • la sierra
  • el serrote
  • el serrucho
  • el serrucho de punta
  • la azuela
  • el mazo de madera
  • los martillos de peña y de orejas
  • las tenazas
  • los cepillos: acanalador, cepillo, garlopa, de molduras y machambra
  • el formón
  • el escoplo
  • la gubia
  • el punta corriente
  • la escofina o lima para la madera
  • el bramil

Para iniciar su trabajo la madera debía estar bien curada; su sabiduría ancestral le indicaba que debía ser cortada en el menguante del mes de Enero.

¿Qué hacía el carretero? Todas aquellas piezas que necesitaba el labriego en su labor; hacerlas nuevas y repararlas después. Destacan tres piezas fundamentales:

EL CARRO

Era la obra principal del carretero, el vehículo que servía para toda clase de transportes.

Había muchos modelos de carros, desde la galera de cuatro ruedas, con una subcaja pendiente de cadenas, hasta la tartana. Pero en Villegas, el carro que interesaba era el carro de labranza.

La pieza fundamental del carro de labranza es la viga para uncir al par de bueyes o de vacas.

Carro

Las ruedas en un principio eran de madera unidas al eje; por ello giraban ambos, eje y rueda. Para facilitar el rozamiento, se colocaba en uno de los costados una pequeña caja giratoria invertida de forma que en su interior pudiera llevarse un trozo de jabón par untar el eje en las zonas de rozamiento y evitar así su desgaste y suavizar su rozamiento. Para aminorar el desgaste de la madera en contacto con el suelo se endurecía con diferentes procedimientos. A este modelo se le llama “carro yertu”.

La pieza fundamental del carro de labranza es la viga para uncir al par de bueyes o de vacas.

Las ruedas en un principio eran de madera unidas al eje; por ello giraban ambos, eje y rueda. Para facilitar el rozamiento, se colocaba en uno de los costados una pequeña caja giratoria invertida de forma que en su interior pudiera llevarse un trozo de jabón par untar el eje en las zonas de rozamiento y evitar así su desgaste y suavizar su rozamiento. Para aminorar el desgaste de la madera en contacto con el suelo se endurecía con diferentes procedimientos. A este modelo se le llama “carro yertu”.

Posteriormente, la rueda evolucionó, y el eje acabó siendo fijo y de hierro, girando solamente la rueda; ésta se revistió con llanta de hierro, siendo también de hierro el interior de la maza que estaba en contacto con el hierro. Para su engrase que evitaba el chirriar se utilizaba grasa especial para carros. Esta rueda llevaba dieciséis radios de madera.

En el carro eran necesarias las cartolas o armaduras para acarrear la hierba o la mies. Para acarrear la paja se colocaban las teleras.

Para sostener el carro en las paradas se soltaba el tentemozo, sujeto ala viga en la parte delantera.

No faltaba en el carro la tablilla de la matrícula, cuyo control se llevaba en el Ayuntamiento y en la Diputación.

EL YUGO

Es el instrumento que sirve para uncir a los bueyes por la cabeza, o a las mulas por el cuello, y sujetarlas a la lanza del carro.

El yugo vacuno es de una sola pieza, con mesilla y carnellos o curvas para asentar la testuz. Eran muy importantes las ranuras para la correa o sobeo.

El de mulas necesitaba cuatro costillas para la sujección del animal.

EL ARADO

El arado era la herramienta que, empujada por animales, removía la tierra y la preparaba para recibir la semilla. Aún hoy podemos contemplar el arado romano que es el mismo que hacían nuestros carreteros. Su pieza fundamental era la reja que desde el siglo XI era de hierro.

Las piezas fundamentales del arado son las siguientes:

  • La esteva o mancera o manil
  • La rabera o cola
  • El timón
  • La telera
  • El dental
  • El pezcuño
  • Las orejeras

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