Como en todos los lugares del mundo, el agua llega a las tierras de Villegas caída de lo alto. Se avecinda entre nosotros como una gran familia de gotas, de copos de nieve o de amenazador granizo; a veces, el agua nos llega de una manera callada y humilde: en forma de escarcha o de rocío. Pero siempre el cielo es el camino del agua.

Los calores del sol evaporan enormes cantidades de agua, sobre todo en los mares; el viento la lleva en sus brazos a lejanos lugares y allí, bajo determinadas condiciones climatológicas de temperatura, densidad, polvo atmosférico, etc., forma cuerpos que, aunque transparentes, el aire ya no puede sostener, cayendo a la tierra en forma de lluvia, granizo, nieve, rocío, …

El río que pasa por la tierra de Villegas es el BRULLÉS. Nace en los montes de Los Valcárceres y desemboca en el río Odra, tras recorrer 35 km en nuestra provincia. El Odra es un afluente del río Pisuerga que, a su vez, es afluente del gran río Duero.

Río Brullés

El nombre de nuestro río BRULLÉS es prerromano, anterior al siglo III antes de Cristo.

Nuestro río es la vena de la tierra y por él circula la vida de los pueblos que baña. El río es camino, frontera, motivo de unión y de ruptura, estímulo y freno. Tiene una apariencia tranquila, pero, no sin razón, nuestro pueblo dice que “del agua mansa líbreme Dios, que de la brava ya me guardaré yo”. En efecto; nuestro río, en determinadas épocas del año, parece un humilde arroyo; está sujeto a los ciclos de sequías y de inundaciones, de escasez extrema o de abundancia desastrosa de aguas. Todos recordamos las inundaciones de hace muchos años y las más próximas. Inundaciones provenientes de lluvias torrenciales en época de sequía, o como consecuencia de las densas nevadas; si, de repente cambia el viento y sopla el Poniente, la nieve se funde con rapidez y se añade al frente de lluvia que acarrea ese viento; consecuencia: una enorme crecida que barre cuanto tropieza..

Nuestro humilde río tiene por compañero al árbol; pero no a un árbol cualquiera, sino a uno muy concreto: el chopo. Tiene por misión denunciar las corrientes y escoltarlas. La zona más bella de nuestro río es la doble hilera de chopos, rectos y lozanos, plantados a las veras de sus aguas. Cuando el chopo y el río conjugan con más verdad su doble belleza es en el otoño. Los chopos se han convertido en cirios de oro que lloran como si fueran lágrimas sus hojas; el río, tan lleno de melancolía como entonces limitado de agua, las acoge y las consiente navegar entre los juncos. Los rincones donde se opera esta belleza son abundantes a lo largo de su recorrido.

Otro compañero inseparable del río es el color. El color es hijo de la luz y su familia es infinita; por eso los colores son incontables. Tras las tormentas los ríos se visten de rojo o de marrón, según el limo que arrastran. En otros momentos se cumple la ley fundamental del agua y el río viaja incoloro, pero es entonces cuando los colores del fondo, de las piedras y de las hierbas acuáticas aparecen en toda su limpieza.

Uno de los encantos de nuestro río es el saber convertirse en espejo y devolver la fotografía de las cosas que están en sus orillas. Todos los que pasamos por el “Puentipiedra”, nos detenemos un momento en su pretil para contemplar este fenómeno. Pero para que el río sea espejo de verdad tienen que firmar antes la paz consigo mismo; para doblar el paisaje tienen que pactar con el viento para que no rice la superficie. ¿Qué remanso de paz contemplamos entonces en su superficie a lo largo de su cauce! Mirando a las aguas, absortos incluso ante tal espectáculo, vemos invertidos a los árboles de la ribera y a las nubes del cielo. Paz y silencio. Sólo alguna libélula se permite rayar brevemente el rostro del agua.

Cuando llueve sobre la faz de Villegas –sobre todo tras una prolongada sequía- es siempre bienvenida la “hermana agua, que es limpia, alegre y casta”, según profetizara San Francisco.

Aunque no siempre guarda proporción en sus visitas. “Qué cosa es el agua, decía Santa Teresa, que si nos falta nos mata y si nos sobra también nos mata”. Viene el agua y se va, no siempre al gusto de todos.

El agua es un bien imprescindible. El agua es la fecundadora de nuestros campos. Muchas veces los hemos visto rajados y angustiados por la ausencia de lluvia. La semilla aguardaba en el seno amoroso de la tierra hasta que el beso del agua comenzara el milagro del crecimiento. A los pocos días de tal prodigio, los campos, los pastizales y los montes cambiaban de color y la vida estallaba en las plantas y en las esperanzas de los labriegos en una buena cosecha.

El agua se opone a la esterilidad y al desierto. El agua admite en su seno a multitud de seres que en ella nacen, crecen y se multiplican por amor. El drama de la vida y de la muerte se da en el agua con la misma intensidad, y a veces mayor, que en la tierra. En ella fue donde se dieron las primeras condiciones de vida y de ella saltó a la tierra esa vida propagándose por la cadena de la evolución.

En nuestro río Brullés podíamos encontrar las dos especies más típicas de los ríos burgaleses: la trucha y el cangrejo.

El cangrejo

El cangrejo vive en llanadas sombreadas y con fondo, y orillas terrosas. Es un animal introspectivo, con pensar lento y profundo. ¡Qué maravilloso espectáculo pudieron disfrutar nuestros mayores al sacar un retel de cualquier arroyo o del Brullés y contar 12 ó 15 cangrejos! En un kilogramo de cangrejos entran unas 54 piezas. Pero … a partir de la prosperidad de los años 60, la contaminación y el “600”, se cernieron como una amenaza de muerte sobre nuestros ríos. La alegre fiesta que antes suponía ir a pescar se trocó fácilmente en delito al contravenir las leyes que hubo que aplicar para proteger las especies. Todos teníamos el mismo derecho y todos queríamos satisfacerlo; las riberas comenzaron a poblarse de coches y hasta el último arroyo fue visitado. Los precios se dispararon y apareció el furtivo, el que secaba o envenenaba cauces; el que acudía de noche y con malas artes. Una docena de cangrejos llegó a valer, en restaurantes de medio lujo, vez y media el salario de un trabajador.

Así no podía jugarse y el primero en sucumbir fue el cangrejo. Una enfermedad, la “aphanomicosis”, completó la obra predadora del hombre. Y el cangrejo, el suculento, servicial y sufrido crustáceo de nuestro río, se acabó de poner rojo de vergüenza ante el mal trato humano y desapareció.

Es obligatorio que nos responsabilicemos todos los ribereños del río Brullés para que el cangrejo pardo y astuto, el autóctono de nuestra tierra, vuelva a ser vecino de nuestras aguas. De nosotros depende que las generaciones futuras puedan disfrutar de nuevo, como nuestros mayores, de experiencias semejantes a las que ellos vivieron: un par de amigos que, al atardecer, van al río y vuelven a las dos horas con un cesto de cangrejos, sacar un retel, y contar 27 cangrejos …, después, relajados y oxigenados, volver al hosco mundo y … sentarse y disfrutar de este manjar tan suculento.

La población de nuestro río ha sido y es muy larga. Además del cangrejo y la trucha, hay que añadir el barbo, la boga y la anguila. A estos peces hay que sumar la rana, la nutria y la rata de agua.

Antiguamente se capturaban muchos cientos de ranas; sus ancas, rebozadas y fritas, resultaban un bocado suave y blanco.

La rata de agua luce una piel fina y un rabo cortito. Es juguetona y vive constantemente ene l agua. Su carne es muy sabrosa. Hay un arte especial para cazarlas.

La nutria es casi un animal extinguido. Vive en el agua y se alimentad e peces y de cangrejos. Su carne, además de gustosa y digestible, tenía una ventaja canónica, pues se consideraba pescado por la vida acuática del animal y por eso se servía en Cuaresma.

Dos notas caracterizaban la pesca de nuestro río: la abundancia y la exquisitez. Las aguas no estaban contaminadas por los vertidos humanos ni por las escorrentías que arrastran los temibles herbicidas y algunos abonos químicos; antiguamente la presión sobre los ríos era escasa, pues sus productos animales no alcanzaban el grado de comercialización presente por el transporte y la conservación; las artes de pesca no conseguían el tecnicismo, legal o no legal, de hoy. En consecuencia, las especies acuícolas crecían hasta alcanzar el punto exacto que impone la ecología.

Esa abundancia de antaño inducía a algunos a despreciar estos productos, teniendo a menos presentar en su mesa un barbo de cuatro kilos o servir a sus amigos una fuente de cangrejos.

Hoy, como ya hemos indicado, todo ha cambiado. Que nuestros hijos puedan de nuevo contemplar y saborear lo que nosotros hemos “casi” destruido.