Arco Conjuradero de Villegas

La singularidad del Arco Conjuradero de Villegas y la calidad artística de su templo parroquial, la Iglesia de Santa Eugenia, deberían convertir a este pueblo burgalés en un destino cultural preeminente, capaz de enriquecer la salud no sólo de los amantes del arte sino también la de los que disfrutan con lo singular y lo bello. De esta suerte, tales obras humanas merecen elevarse a la categoría de arte y patrimonio universal, que debe cuidarse, rehabilitarse y promocionarse para beneficio de todo ciudadano del planeta que tenga la fortuna de descubrirlas y conocerlas.

A fin de seguir un cierto orden expositivo, en este artículo procederemos, primero, a referir brevemente cómo se accede a Villegas, para, más tarde, centrarnos en el Arco Conjuradero. Posteriormente, un segundo artículo, el del próximo mes, lo dedicaremos a valorar y describir artísticamente la iglesia de Santa Eugenia, a la luz de los últimos descubrimientos, tras la restauración de sus cubiertas y vidrieras.

Desde Burgos capital a Villegas hay menos de una cincuentena de kilómetros (45 km), por lo que en coche tardaremos poco más de media hora. Tras recorrer unos pocos kilómetros por una de las rondas que circunvalan la capital, la BU-30, veremos a nuestra izquierda Villagonzalo Pedernales, momento en el que, a nuestra derecha, aparece el acceso a la autovía del Camino de Santiago, la A-231, que deberemos coger y no abandonar durante poco más de treinta kilómetros (33 km) hasta llegar al acceso a Sasamón y a Olmillos de Sasamón, donde saldremos de la citada autovía. Ahora nos dirigiremos al primer pueblo (por la BU-P-4041) al que llegaremos en corto trayecto.

 

Una vez en Sasamón dejaremos, a nuestra izquierda, el trozo de muralla conservada y, más arriba, la imponente imagen de su iglesia de Santa María la Real, para acceder a la carretera de Villadiego (BU-640), a nuestra derecha, a fin de recorrer los siete kilómetros que distan hasta Villegas.

¿Qué es un Arco conjuradero?

En las siguientes líneas vamos a desgranar este concepto, valiéndonos, inicialmente, de lo aceptado por la Real Academia Española de la Lengua o, mejor dicho, por la Asociación de Academias de la Lengua Española, que incluye otras veintitrés Academias de la Lengua de Cervantes. Procedamos, pues.

La primera palabra, arco, poco tiene de críptico o confuso, en cambio, la segunda, conjuradero, puede entrañar alguna dificultad.

De entrada, observamos que la palabra conjuradero todavía no está registrada en el diccionario de la Real Academia Española (R.A.E.), aunque menos mal que sí lo está conjuro, sustantivo masculino, que significa acción y efecto de conjurar. Pero, ¿qué es, exactamente, conjurar? Pues, entre los diversos significados del verbo transitivo conjurar, que acepta y respalda la R.A.E, hay dos que compatibilizan bastante bien con el título de este apartado. Veámoslos:

1. Rogar encarecidamente, pedir con instancia y con alguna fórmula de autoridad algo.

2. Impedir, evitar o alejar un daño o peligro.

La fusión de estas dos respuestas nos permite colegir que alguien ruega con fervor y, probablemente, empleando una fórmula de autoridad, para prevenir algún daño o peligro.

Sigamos con más sarta de preguntas: ¿qué daños se pretenden evitar?, ¿qué persona revestida de cierta autoridad procede a tales peticiones?, ¿qué tipo de fórmula rogatoria emplea?, ¿desde qué pedestal o lugar destacado ejerce esta función?

Arco Conjuradero de Villegas, por delante de la Iglesia de Santa Eugenia. (30-06-2017)

Bueno, llegado a este punto más vale que atine y concrete las respuestas, no siendo que más de uno empiece a irritarse por tanta tardanza y busque directamente el significado en la Real Academia Internacional de Internautas, menos escrupulosa y más versátil que la R.A.E.

Lo que se pretende evitar, impedir o alejar son las inclemencias meteorológicas que puedan dañar los frutales y las cosechas tanto de secano como de regadío, esto es, las tormentas de granizo, o sea, granos esféricos de hielo, de 2 a 5 mm de diámetro, que cuando caen al suelo rebotan y no se rompen. Aunque más temible que el granizo es el pedrisco, pues la precipitación está constituida por granos de hielo de mayores dimensiones, que oscilan desde diámetros de uno o dos centímetros, lo habitual, hasta los cinco centímetros, menos comunes, por fortuna.

Es fácil comprender que tales precipitaciones se comportan como armas arrojadizas sobre las frágiles cosechas cerealistas, productos de huerta (legumbres, tomates, pimientos, etc.) y frutales, por lo que el campesinado no sólo español sino de cualquier parte del planeta las teme cervalmente, dado que la pérdidas sufridas pueden arruinar o aminorar la economía familiar.

Aunque actualmente existen sindicatos agrarios que velan por los intereses de los agricultores al igual que seguros que pueden subvenir una parte de las pérdidas, antaño, al campesinado, sólo le quedaba implorar al cielo, a Dios o a ciertos santos/as como Santa Bárbara. Mas, ¿quién conjuraba a las tormentas con granizo?

Obviamente, en Castilla y en el resto de España, los que conjuraban estas temibles tormentas eran los sacerdotes, por lo menos desde el siglo XVI hasta el siglo XIX. Pero, ¿sólo los sacerdotes? Pues, según lo descrito por Jesús Callejo en su libro Gnomos, se necesitaban dos personas para que un conjuro tuviera cierto efecto: una, el sacerdote, ya citado; la otra, el campanero. “El primero representaba el ritual cristiano, la sabiduría y la élite. El otro representaba al pueblo, la superstición y los ritos paganos. El sacerdote se valía de estola, agua bendita, oraciones, cruces y todo objeto religioso que cayera en sus manos. El campanero sólo tenía sus campanas y sus “toques”, persiguiendo con su acción un determinado fin: utilizar el desorden (los ruidos) contra el desorden (el fenómeno atmosférico)”, sentencia Jesús Callejo.

Para ello, se colocaban en los pórticos de las iglesias, en ciertos templetes o construcciones efectuadas para tal efecto, del tipo de arcos próximos a la iglesia, como acontece en Villegas, donde el Arco Conjuradero está muy cerca de la iglesia de Santa Eugenia, o en Poza de la Sal, en la comarca burgalesa de la Bureba, donde el sacerdote conjuraba las tormentas desde un balcón construido sobre una de las puertas o arcos de la muralla, también cercanos a una iglesia, la de San Cosme y San Damián.

Arco Conjuradero de Poza de la Sal, desde la Plaza Vieja

Arco Conjuradero de Poza de la Sal

Aprovecho este momento para decir que en Castilla y León sólo quedan cuatro Arcos Conjuraderos: los burgaleses, ya citados, de Villegas y de Poza de la Sal, el vallisoletano de Cuenca de Campos, y el palentino de Cojuelos de Ojeda.

En el pirineo aragonés se construyeron, desde el siglo XVI hasta el XVIII, los denominados esconjuraderos, desde donde el sacerdote y los vecinos se reunían para conjurar las tormentas o tronadas, a fin de que no sucedieran en su término municipal. Incluso existen actualmente rutas de esconjuraderos, con obligada visita a los de Guaso, Almazorre, San Vicente de Labuerda, entre otros.

En Aragón, donde más proliferan los esconjuraderos es en la comarca de Sobrarbe. Aunque, es una costumbre muy común en toda la franja pirenaica, incluyendo Lérida, Gerona, donde se les denomina comunidor, así como en el vecino territorio francés.

 

¿Qué tipo de fórmulas empleaban en tales conjuros?

En tales conjuros empleaban un lenguaje particular, que, no obstante, es muy parecido en las diversas regiones españolas. Así, por ejemplo, en Grandas de Salime (Asturias), emplean, según Jesús Callejo, un conjuro para alejar el nuberu, que debe acompañarse de un vigoroso tañido de campanas:

Detente, nube y nublado,

                            que Dios puede más que el diablo.

                           Detente, nube,

                          detente, tú,

                          que Dios puede más que tú.

 

En Cuenca de Campos, desde hace unos años, están revitalizando esta antigua tradición, mediante actuaciones teatralizadas, a fin de concitar más visitas turísticas, para lo cual emplean un clásico conjuro de tormentas, a saber:

Tente, nublo, tente,

                          si eres agua, ven acá,

                         si eres piedra, vete allá.

                        Detente nube maldita

                       que Dios puede más que tú.

 

No quiero soslayar el hecho de que no siempre era el cura el que se atrevía con tales conjuros sino también gente llana, vecinos o vecinas de esos pueblos castigados por tales granizadas, probablemente impelidos por la escasa efectividad del sacerdote de turno.

Arco Conjuradero de Villegas

Al poco de entrar en la plaza mayor de Villegas, nos llama la atención la presencia del Arco Conjuradero y de la iglesia fortaleza de Santa Eugenia.

Si nos situamos enfrente de su fachada principal, o sea, la meridional, podremos observar un gran arco de medio punto, con dovelas bien trazadas, sobre el que se alza una única planta, en cuya parte superior destaca una hornacina central, que contiene una imagen exenta de Santa Bárbara, flanqueada por dos ventanas rectangulares, casi inmediatamente por debajo del alero. La piedra caliza es la predominante, combinando mampuesto con sillería.

Arco Conjuradero de Villegas

En nuestro arco, Santa Bárbara parece coger una rama de palma con su mano izquierda, como símbolo de su martirio, en tanto que apoya su mano derecha sobre una columna, que bien podría ser el símbolo de la torre del castillo en donde su padre la encarceló para evitar su conversión al cristianismo.

Dado que su padre, Dióscuro, un sátrapa de Nicomedia, fue fulminado por un rayo inmediatamente después de decapitar a su propia hija (siglo III de nuestra era), la Iglesia, hace muchos siglos, la nominó Santa Protectora de las personas y de sus bienes frente a las tormentas. Por este motivo figura en un lugar destacado de nuestro Arco Conjuradero.

Arco Conjuradero de Villegas: Santa Bárbara en una hornacina superior

Otra frase muy popular en la que se invoca a esta mártir es la de “acordarse de Santa Bárbara cuando truena”. Aunque, con el tiempo, su sentido “meteorológico” ha sido reemplazado por el relacionado con la pereza y la falta de previsión, que, a veces, nos domina tanto como para dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.

Jaculatorias a Santa Bárbara

Cuando se invoca a Santa Bárbara mediante una oración breve, cargada de fe, para ahuyentar las tormentas, es muy común empezar con los siguientes tres versos:

“Santa Bárbara bendita,

que en el cielo estás escrita

con papel y agua bendita.”

 

La continuación de la oración se efectuaba con un variable conjunto de versos, dependiendo del origen geográfico. Así, en el pirineo aragonés, solían hacerlo así:

“ Jesucristo está enclavado

en el árbol de la cruz,

Páternoste amén Jesús”.

 

En el Concejo de Somiedo (Asturias) una singular jaculatoria a Santa Bárbara es la que sigue:

“Santa Bárbara bendita,

que en el cielo estás escrita

con papel y agua bendita.

Santa Bárbara doncella,

líbranos de la centella

y del rayo mal parado.

Jesucristo está enclavado

en el ara de la Cruz.

Paternoste, Amén Jesús.”

 

Carmen Gonzalo de Andrés, licenciada en Historia, refirió en un artículo (“Acordarse de Santa Bárbara cuando suena”) diversas jaculatorias para Santa Bárbara, así como ciertas creencias, ritos, conjuros y toques de campanas, publicado en la Revista del Aficionado a la Meteorología (N 9-Marzo de 2003). El que tenga interés le aconsejo leerlo, pues es bastante ilustrativo.

Arco Conjuradero de Villegas: Visión posterior, con la escalera de acceso.

Siguiendo con la descripción de nuestro arco, si penetramos por su vano y nos colocamos enfrente de su fachada posterior o septentrional, observaremos la escalera que asciende hasta su planta, la cual exhibe un paramento de ladrillo, dividido en tres cuerpos por dos vigas de madera. Tanto por la fachada sur como por la norte, apreciaremos que está adherido a una dependencia del Ayuntamiento.

Arco Conjuradero de Villegas: Interior

Descripción del interior

En este momento es obligado mencionar a Javier Rodríguez, el presidente de la Asociación Cultural Puentipiedra de Villegas, quien muy amablemente me mostró el interior de la habitación o capilla de nuestro arco (30-06-2017).

Tras subir las escaleras, abrió la puerta y descubrió una pequeña habitación, iluminada por la ventana desde donde el sacerdote solía conjurar las tormentas, donde destacaban, en su pared derecha (la norte), dos objetos: más cerca de la entrada, una vela contenida en una especie de urna de cristal, de forma hexagonal; más allá, en el centro de la pared, un armario de madera, apoyado sobre una mesa, a modo de tabernáculo, con sus caras talladas con diversas imágenes.

Arco Conjuradero de Villegas: Vela en urna de cristal

Arco Conjuradero de Villegas: objetos del interior del armario-tabernáculo

Arco conjuradero de Villegas: viril de lo que parece una custodia, empleada en los conjuros de tempestades

Cuando Javier procedió a abrir este singular tabernáculo, aparecieron varios objetos, un tanto singulares: dos cruces; una especie de custodia u ostensorio, cuyo torneado soporte de madera sostiene un óvalo con marco de madera, cubierto por un cristal, parecido al viril que contiene la hostia sagrada o las reliquias de un relicario, que deja ver una imagen en la que parece haber una figura central, en torno a la cual aparecen bilateralmente más personajes (seis en el lado derecho, cinco en el izquierdo, aunque también pudieran ser seis, completando así los doce apóstoles, que escuchan absortos a Jesús) dispuestos en una especie de templo con columnas a ambos lados; y un libro de conjuros del siglo XVIII, que nada más verlo me cautivó, pues me pareció una verdadera joya bibliográfica, que debe conservarse y restaurarse con primor.

Libro de Conjuros de Ximénez, existente dentro del Arco Conjuradero de Villegas, que abre Javier Rodríguez, a fin de fotografiarlo

Estamos hablando de un libro de conjuros contra tempestades, truenos, granizo, rayos y langostas, escrito por el doctor Pedro Ximenez, beneficiado de las iglesias de Navarrete y Fuen-Mayor (Zaragoza, 1738).

Mientras Javier mostraba varias páginas del libro, aproveché para efectuarle sendas fotos. Nos resultó llamativo observar que, en la que figura el título en castellano, también se especifica la librería en la que los contemporáneos (siglo XVIII) podrían obtener el citado libro: “Se hallará en Burgos, en la Librería de Felipe Zuazo, Plazuela del Arzobispo”.

Posteriormente, confirmamos que se trata de un libro plenamente digitalizado por la Biblioteca de Castilla y León, que incluye la portada, las guardas y setenta y ocho páginas en latín, plenas de plegarias y exorcismos contra las tormentas, granizadas, plagas de langosta y demás desmanes de la naturaleza.

 Arco conjuradero de Villegas: Libro de conjuros de Pedro Ximenez, donde se distingue nítidamente, en el encabezamiento de las dos páginas, que tenemos un manual de exorcismos contra inminentes tempestades.

Es fácil colegir que todos estos elementos, cruces, custodia y el libro de Ximénez, fueron empleados por diversos sacerdotes de Villegas, hasta bien entrado el siglo XIX, con el propósito de prevenir las temibles tormentas capaces de arrasar toda la cosecha.

Arco Conjuradero de Villegas: Objetos empleados en los conjuros de las granizadas.

¿Por qué hay una vela encendida a modo de luminaria junto al armario con los útiles para conjurar las tempestades?

Desde que entré con Javier en la habitación del Arco Conjuradero de Villegas no dejó de intrigarme la presencia de una vela encendida dentro de la urna de cristal, que, en parte, recordaba la luminaria que debe arder continuamente junto al sagrario, con objeto de recordar que Jesucristo está sacramentalmente allí y significa el amor vigilante de Dios.

Pero tenía la impresión de que su origen y permanencia debería de tener otro sentido. Por eso no dudé en preguntárselo a Javier:

– ¿Por qué está encendida esa vela?

– Pues porque la gente cree que, ahora, a falta de conjuros, mantenerla encendida bien podría ayudar a que los campos de Villegas se libren de tempestades y pedriscos— me responde Javier.

Ya, entonces, supongo que para que no se apague será preciso que alguien se responsabilice de mantener constantemente vivo su fuego.

– Sí, una mujer sube todos los días a avivar su fuego, desde que se inicia la siembra del trigo y  cebada hasta que se recoge la cosecha, o sea, desde la Cruz de mayo hasta la Cruz de septiembre me contesta.

Arco Conjuradero de Villegas: Javier Rodríguez, presidente de la Asociación Cultural Puentipiedra (30-06-2017).

Sin caer en la jocosidad se me ocurre plantearle lo siguiente:

Javier, al igual que la efectividad de las vacunas para prevenir las enfermedades transmisibles para las que se diseñan no suele ser del 100%, la capacidad preventiva de tormentas con pedrisco de esta luminaria tampoco lo será. ¿Tienes referencia de alguna tempestad que asolara la cosecha de cereales de este pueblo?

-- Pues mira sí, un día de junio de 1983, sufrimos un terrible pedrisco, que arrasó toda la cosecha de los campos de Villegas. Absolutamente toda,- recuerda con cierta tristeza-. Aunque esa desgracia no hizo perder la fe en esta costumbre nuestra, dado que una mujer se sigue asegurando diariamente de que la llama mantenga alumbrada la estancia, al menos, hasta que toda la cosecha sea recogida, afirma con convicción.

Arco Conjuradero de Villegas: Ventana desde donde el sacerdote conjuraba las tormentas, tras la reciente restauración de Patrimonio de Castilla y León.

Posteriormente, señaló la ventana ubicada en la otra pared, por donde entra la luz, para referirme: “Desde esta ventana se efectuaban todos los conjuros. Desde aquí, el sacerdote, tras subir con sus monaguillos, vestido con su capa pluvial, procedía a exorcizar contra tormentas, pedriscos, rayos y todo mal que pudiera echar a perder las cosechas, según me cuentan, pues yo nunca he llegado a verlo”.

Mientras salíamos del arco de los conjuros y procedíamos a descender las escaleras, pensé que lo mostrado y vivido junto a Javier bien merece la pena divulgarlo y, sobre todo, sacarle provecho culturalmente. Esto es, en absoluto me parece descabellado organizar actuaciones teatralizadas sobre tema tan singular, como hacen, desde el año 2006, en Cuenca de Campos, con gran repercusión periodística y relevante afluencia de público. De esta suerte, se promocionaría un turismo cultural.

Además, en Villegas, como acabamos de mencionar, aún se mantiene viva la tradición, al menos, la que depende de las villeguinas que se responsabilizan de que nunca se apague la vela durante el tiempo transcurrido desde la siembra hasta la cosecha.

Por cierto, la suegra de Javier se encargó, durante mucho tiempo, de mantener encendida la vela del arco, como ella me refirió poco después con estas palabras: “Todos los días, desde la Cruz de mayo hasta la Cruz de septiembre, subía al arco para asegurarme de que la vela seguía encendida.”

Tanto Javier como su suegra me hablaron de mantener encendida la vela de una cruz a otra, a fin de proteger el periodo de desarrollo de los cereales, desde poco después de sembrarlos hasta su cosecha, a lo que había que sumar el tiempo dedicado a la trilla y la posterior recogida del cereal, fundamentalmente trigo y cebada, así como de la paja resultante, que servía para alimentar al ganado.

Poco más tarde, comprendí que las citadas cruces corresponden con dos fechas: el día tres de mayo, el de la Invención de la Santa Cruz (cruz primaveral o verde), en relación con el descubrimiento de la Santa Cruz por Elena, la madre del Emperador Constantino, un 3 de septiembre del 326; y el 14 de septiembre, cuando la Iglesia eligió ese día para celebrar la Exaltación de la Santa Cruz (o cruz seca).

En fin, el Arco Conjuradero de Villegas es una emblemática obra patrimonial, construida con el propósito de servir de púlpito desde el cual un sacerdote procedía a conjurar las tormentas y demás desatinos de la naturaleza, mediante un estudiado y variado ritual, con el propósito de prevenir la destrucción de las cosechas. El hecho de que aún se conserve en pie, merced al tesón de los miembros de la Asociación Cultural Puentipiedra de Villegas, es una fortuna para toda persona que lo visite y se impregne de su halo cultural, espiritual y antropológico, pues, sin duda, servirá para enriquecer su salud y para prevenir la enfermedad, verdadera tempestad humana, en su triple dimensión: física, mental y social.

 

Dr. Félix Martín Santos